El camafeo

Alejandra Arenas

Fotografías gentileza de Pablo López.

La escritora Alejandra Arenas, porteña de nacimiento y emigrada a los 26 años a São Paulo, quiso compartir con los lectores de LJM un relato publicado recientemente en Chile, en la Antología Archipiélago (La Trastienda, 2014). Arenas ha publicado en Brasil crónicas en el diario La Gazeta de Minas; el cuento Avenida Paulista en el Museu da Pessoa de São Paulo y Um Lugar para Chamar de Seu en el libro Conte sua historia de São Paulo.


El camafeo

–Si yo me voy primero, te voy a dejar mi camafeo de recuerdo. ¿Y tú qué me vas a dejar? –me preguntaste, con tu cara llena de pecas.

-Voy a contar un cuento, el de tu historia.

El viento primaveral porteño se llevó mi promesa entre los cerros. No alcanzaste a escucharla.

Bajamos corriendo por Av. Matta, la brisa marina de las seis de la tarde ya era fría, venía como aguja clavándose en nuestras mejillas al encuentro de la corrida que apostábamos hasta la playa. El sol no calentaba, pero el brillo casi blanco que emanaba en días de frío nos llevaba hacia el mar. Queríamos verlo, una vez más, hundirse medio rojizo iluminando la línea del horizonte con una gama del rosado al lila, nunca igual de un día para otro.

Estoy con las fotos de ese día en mis manos. Aquí estás con la minifalda negra con tablas y el camafeo amarrado a tu cuello con una cinta de terciopelo negro. Era tu combinación favorita. Volvimos a mi casa a terminar la presentación del trabajo de Teoría Social, el primero de muchos que prepararíamos durante los años de estudio de la carrera.

Cuando te extraño, me encaramo para alcanzar la caja de las fotos guardada en el armario. Seguro que después de almuerzo te llamaré por teléfono a Estocolmo. Encontré otra, del mismo día. Estamos en la plaza de Placeres; la iglesia había organizado una fiesta con música al vivo. Tu mini acarreaba miradas furtivas. Las luces de la fiesta nos daban un brillo especial en los ojos. El guitarrista del conjunto de rock Los Sansanos se lucía con la novedad del momento. La guitarra eléctrica. ¿Te acuerdas que mi sueño era bailar con él mientras tocaba su guitarra?
El viento frío continuaba, siempre el viento que nos apuró los años. La sonrisa de las fotos era de inocencia, las trenzas se fueron transformando en corte chanel y nuestros estudios nos fueron abriendo los ojos. Encontré otra foto donde estamos en la práctica de la tesis. ¡Cómo cambiaron nuestras vestimentas! Jeans, camisetas y alpargatas como paño de fondo a una expresión grave, sensibilizada por los problemas sociales de nuestro país. Creo que fue la última que nos tomamos.

Entonces surgieron los aviones del ejército cubriendo el cielo de Santiago, las calles de nuestro país se vistieron de tanques y de chilenos contra chilenos. Perdimos la confianza en nosotros mismos.

—Me voy a Brasil —te dije— disimulando la voz entrecortada. Se te llenaron los ojos de lágrimas—. Ven conmigo —te pedí—. Es peligroso ser estudiante de Sociología, no sabemos por qué, no sabemos con exactitud lo que va a pasar. Nos abrazamos como nunca. Enseguida subiste al ómnibus, para volver a casa, un segundo después te bajaste y corriste a abrazarme nuevamente. Me miraste de otro modo.

—Siento la sensación de que pasaré mucho tiempo sin verte —me dijiste—. Enseguida te sonreíste para ocultar los pudores de lo que te parecía dramático. Nunca lo fuiste.

Aterricé un día cualquiera de mi memoria en São Paulo. La tranquilidad en las calles, la alegría de la gente me hacía sentir un pez fuera del agua. ¿Me habría acostumbrado al miedo, la violencia, la desconfianza? Miraba a mi alrededor intentando entender. Hacía nueve años desde que había ocurrido un golpe militar en este país, similar al nuestro y al de los argentinos. Entre latinoamericanos habíamos exportado hasta el odio.

Todavía no encuentro las palabras para definir la cantidad de dolor que tengo guardado.

—Quizás no las hay —decías años más tarde, cuando nos encontramos en Villa Grimaldi. Se había convertido en un templo donde íbamos a buscar respuestas.

—Me aplicaron electricidad en la parrilla —me decías, temblando como una niña. Te abracé impotente.

—Salgamos de este lugar —te pedí.

—No —me respondías—. Tengo que aguantar, tengo que entender. Lo peor era la electricidad en la vagina —sollozabas—. El odio era tanto que los torturadores nos violaban, no sé cuántas veces. Un día estaba casi inconsciente cuando sentí que el último no era un hombre, era un perro—. Gritabas, gritabas. Pasaban otras personas por el lugar, agachaban la cabeza en señal de respeto al dolor, sintiendo una vergüenza colectiva de aquel momento oscuro de nosotros mismos.

En ese instante supe que el recuerdo de la impotencia de ese abrazo no lo olvidaría más. Revive mi culpa de complicidad. Soñamos juntas mejorar nuestro país, ¿Cuánto alimenté tu pasión por ello?

Viajé a Santiago para verte salir cuando te libertaron. Varias de ustedes salieron amparadas por Amnistía Internacional; las esperaba un automóvil de la embajada sueca. Salían conocidas internacionalmente, habían conseguido establecer una red clandestina de comunicación con el exterior. Los familiares no pudimos acercarnos. La misión debía ser rápida. “Mira cómo me dejaron”, fue lo que dijeron tus gestos desde la vereda de enfrente. Levanté los brazos para hacerte señas, enviar cariño, admiración, respeto. ¡Tanto para decir! Desde el otro lado me hacías gestos nuevamente. “No sobró nada de mí”, insinuabas. Sin embargo había sobrado, sí. Tu alma, crecida, había cumplido la difícil tarea de sobrevivir, conservar la dignidad, tantas veces por un hilo. Pero la dignidad renacía, se recomponía, surgían las fuerzas. No sabías de dónde, mas allí estaban de nuevo haciéndote señas, marcando presencia.

—¿De dónde vienen esas fuerzas? —te pregunté un día.

Me dijiste que no sabías, te parecía que venían de fuera para ser usadas en el momento preciso.

—¿Qué momento es ese? —te volvía a preguntar.

—No lo sé—me respondías—. Siento que las fuerzas no son de nadie, que ellas vienen cuando son necesarias, como una confianza divina de que sabrás usarlas en la justa medida. La mirada se te iba a un punto impreciso entre las gaviotas y el mar. ¿Estarás viendo este paisaje como antiguamente? me preguntaba yo. Ahí estaban tus amigas y las mías, como un reloj marcando el paso inexorable de las dichas y las desdichas. Las gaviotas continuaban con su graznido, inocentes de estas dos mujeres que las observaban hacía una eternidad. ¿A qué generación pertenecerán? Ni ellas eran las mismas.

El timbre de la casa me despertó de mis devaneos, bajé corriendo la escala para acercarme hasta el portón. El cartero me esperaba para firmar el recibo de la correspondencia. Vi tu remitente. Una apremiante corazonada me hizo abrir el sobre. Por entre mis manos temblorosas se deslizó el camafeo.
Puedes leer más relatos de Alejandra Arenas en http://alejandraarenasescribe.blogspot.com.br/

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