El bar fábula

Bar Liberty. Foto: Dedvi Missene


Por Jonathan Galarce

En invierno Valparaíso es una ciudad huraña. Sus calles expelen la mierda subterránea a eso de las ocho de la noche, y mientras caminas por Serrano su putrefacción te guía a una especie de oasis alcohólico de soledad inquieta: una representación de seres solitarios que bailan en medio de la calzada y otros que miran atentos al peatón citizen, que llega de estrépito a este lugar donde eres un completo desconocido. La fauna nocturna del viejo puerto es esquiva, dispersa.

En este fábulo escenario, un cúmulo de infinita música popular me llevó hacia el Liberty, un bar porteño hecho carne a través de sus parroquianos en júbilo y rituales picarescos. Nunca me había encontrado con hombres con cara de guitarra, mujeres garzas que bailaban con gorriones, perros borrachos y gallinas que agitaban sus alas a medio vuelo. Todo muy lejos de la timidez invernal, todo muy lejos de la decadencia que observaba minutos atrás en sus callejeros habitantes, quienes ahora al oír el rasgueo de las guitarras y el choque de las botellas de Báltica, mueven sus cuerpos latigudos con atrevimiento, al compás de los valses peruanos y los boleros llorones.

Fue un atrevimiento ingresar a esta Wonderland porteña, porque aquí todas las especies manejan sus propios códigos y reglas: hablar en voz alta, bailar con picardía, beber hasta decir basta y sentir la música en el alma. “La fórmula del éxito” me decía Claudio, cuando le pregunté sobre el por qué de tanta efervescencia y felicidad. Su hocico olía a vino tinto y sus ojos revoloteaban por el alcohol,  mientras movía su cabellera cual ramas de un arbusto son golpeadas por el viento. Era una maravilla parlotear con esta criatura que me hablaba del Johny Campos, del Toro Alfaro, del Felipe y del Charafia, como si yo conociera a todo el zoológico de músicos de la bohemia porteña.

Después de unos minutos dejé a Claudio y me deslicé poco a poco hacia el bar con miradas hurañas que me dejaron a ratos catatónico. Me acerqué a la caja cauteloso y pedí la carta de tragos. Una mujerona con grandes senos me dijo que no se estaba vendiendo alcohol porque ya iban a cerrar el local, mientras reía con un grupo de parroquianos cuyas mejillas parecían rosales al sol. Entre diálogos borrachos y aplausos, se me acercó Manuel, un hombrecillo con mirada triste y labios hinchados. Me miró con recelo y me señaló con el dedo, tratando de concretar algún tipo de conversación. Lo rechacé varias veces hasta que cedí a su caprichosa petición:

-Oiga, no hay copete, se acabó. -¿Qué hace por acá?

-Solo escucho la música y a los cantantes, me gusta cómo suena.

-Oiga, pero acá nada es gratis. Son quinientos pesos -me muestra su palma desnuda.

La vida de Manuel pudo haber sido dura, no lo sé, pero sus ojos desorbitados proyectaban rabia y sed, como la sed de sangre que siente un lobo al acechar a su presa.  Al oír su solicitud solo atiné a desviar mi mirada para continuar observando la presentación musical, ensimismado. No quería ser su caperuso. Rápidamente perdí los ojos del licántropo en medio del gentío que se mezclaba con cuadros de antiguas calles de Valparaíso y la Virgen del Carmen que estaba suspendida en la pared junto a un retrato de Jorge Farías.

La danza de músicos parlanchines me perturbó los sentidos hasta que caí a un rincón oculto de este bar fábula. Desde allí comencé a observar, entre ramas de arbustos alcoholizados y cabelleras sebosas, a uno de los ancianos de la manada. Sus pies revoloteaban como trompos en el suelo. Subían y bajaban, luego se estiraban y terminaban con un movimiento brusco. Mientras bailaba una antigua cumbia, el sujeto tomaba con fuerza por la cintura a una lobezna juvenil, que reía a ratos y esquivaba sus besos impertinentes.

-¡Vamos a cantar la última canción!, grita uno de los cantantes, mientras yo me pierdo entre el gentío. La música suena nuevamente y los feligreses comienzan a entonar la Joya del Pacífico en esta catedral de lo sagrado y lo mundano. Así se va disolviendo todo el color de las banderas de países irreconocibles que cuelgan de las paredes, los retratos y las gorras de capitanes de territorios lejanos. El estribillo es melancólico. Las palmas cesan y el griterío de los animales en júbilo acaba en abrazos y besucones. Afuera el frío invernal abraza a los borrachos que piden “una monedita” con sus caras constreñidas por el olvido. Mientras en la ciudad huraña todo vuelve a su lugar.

 

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