Dos extremos de una cordillera

Por Diego Hernández León

Mi nombre es Diego Hernández León. Tengo 28 años. Soy periodista de cultura y músico. Mi papá y mi mamá sembraron ocho semillas en mi natal Venezuela, por lo que tengo siete hermanos. Cinco estamos fuera de nuestro país. Microscópico ejemplo de quienes venimos de la tierra que posee calles caraqueñas, esa que describió Francisco Massiani en Piedra de Mar, la que Vytas Brenner amó con locura cuando conoció sus sonidos y la que Roman Chalbaud retrató en 35mm en los años setenta y ochenta.   

Yo vengo de Valera, estado Trujillo, región andina de Venezuela. Recuerdo que en mi adolescencia me resistía a reconocer la belleza de mi ciudad. Aunque aquella permanente crítica con el tiempo fue mutando en el verdadero sentir de mi ser. Como le dice la monja a la chica en Lady Bird (2017): “Prestar atención a la ciudad es lo mismo que amarla”.  

Cuando la política de caricatura, la economía risible y la rutinaria delincuencia le arrancaron la luz a la ciudad en donde crecí, empezó a tomar fuerza la idea de emigrar.

Vamos caminando hasta el sur…

Llegué a Santiago de Chile en julio del 2017 y al bajarme del avión el potente frío me congeló los huesos mientras aun sentía en mi memoria retazos del álbum Corazones, de Los Prisioneros.

Héctor, entrañable pana, me recibió en la gran ciudad convidándome una sopaipilla. Aquel pastelito sin relleno me generó una automática adicción, pero al mismo tiempo el paladar reafirmaba que el cambio era rotundo; era verdadero.

Algunas semanas pasaron y los temas frecuentes de migrantes (trámites, trabajo, vivienda) se volvieron ásperas realidades que tenía que ir enfrentando. No está demás reconocer unos cuantos errores en tema de administración monetaria, pero así iba, de mal en peor y para bien.

Me recibieron en una panadería y aprendí algunas cosas de las empanadas de pino y napolitanas. Luego como cargador de equipos de iluminación pude pisar el Estadio Nacional; donde se reunieron Los Prisioneros en el año 2001 y donde parte de la historia contemporánea de Chile vivió su punto y aparte del siglo XX.

Recuerdo que en una capacitación para un Call Center de ventas el facilitador nos preguntó si podíamos venderle un espejo roto. Le dije que le vendía un espejo peculiar, encontrado en una casa a dos cuadras de La Moneda, luego del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. El facilitador me pidió el precio y como no respondí rápidamente, arruiné el ejemplo. Me di cuenta que podré saber algo de cultura, pero aún me falta para ser vendedor.

Ejecuté otras tareas para ganarme unas lucas. Hasta podé las ramas de un árbol. Quizás la misma tarea que pudo haber realizado alguno de los curas protagonistas de la película El Club (2015) mientras vivían su aislada penitencia.

Un país como Chile permite conocer todo tipo de personas; matizadas por sus propias historias y personalidades. Descubriendo sobre su arte he encontrado que compartimos algunos vínculos: por allá Simón Díaz transitó los más recónditos llanos para recuperar la tonada; género musical folclórico que iba derechito a su extinción en los años cincuenta. Por acá Violeta Parra se recorrió montañas enteras y con papel y guitarra en mano hizo lo mismo cuando publicó el libro Cantos Folklóricos Chilenos (1959). La cara oscura de Venezuela se manifiesta en hechos como el de Dorángel Vargas El Comegente; quien confesó haber capturado y devorado a más de diez hombres. El mismo que inspiró la canción de Bacalao Men. Por acá Electrodomésticos inmortalizó en su canción Yo la quería lo ocurrido con Jorge Valenzuela El Chacal de Nahueltoro, quien mató a su mujer y sus hijos en 1960.

Deben existir más vínculos, sólo hay que prestar atención para encontrarlos.

Una cordillera como la de América del sur cobra significado por quienes formamos parte de ella. Sin importar la superficie en la que nacimos o si nos movimos y quisimos estar en otro extremo de su enorme falda de árboles, rocas y nieve.

 

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