Demian Rodríguez o el triunfo del fracaso

Parado afuera del café acordado, puntual y con Leonor, su pequeña hija en brazos, Demian Rodríguez, como se le conoce en su vida pública, espera para esta entrevista, vestido en perfecta combinación de tonos castaños, con un toque de terciopelo en su chaqueta marrón y rematando con un grandioso y ondeado jopo, muy bien acompañado por sus bigotes chicanos.

Caminante de la ciudad, voyeur del ritmo callejero, vive como canta y canta como vive, cultivando entre humo y copas unas líricas del desgarro, ni santo ni demonio, transita sin pudor entre la cuerda floja del fracaso, de donde extrae el polen de sus canciones, y una intransable voluntad de hacer más y mejor.

Por Hilda Pabst

Entre el chico ingenuo de tu primer disco y el hombre bien plantado del segundo hay barreras musicales y personales que atravesaste ¿Cómo fue ese tránsito?

–Todo está fielmente entrelazado con mi vida personal. De Santos inéditos a Demian Rodríguez fue un viaje súper fuerte, de sostener mi palabra. Para el primer disco tuve como referente al pintor “El Greco”, que santificaba a personas comunes y se las vendía a la Inquisición como “santos”. De ahí viene el nombre “Santos Inéditos”. Y por otro lado, la influencia de mi mamá que es muy católica y tuve que pasar por ese castigo de la iglesia… jajaja y desarrollé esa lírica bastante religiosa, entre lo humano y lo divino… Después del primer disco quedé con un gusto amargo, había poco tiempo, yo tocaba en bares todo el rato, el desgaste era fuerte. Después del disco quedé con el 40% de mi voz. Estábamos grabando y yo tomando infusiones para la garganta porque la tenía muy mal. Ahí decidí componer mucho y llegar a algo que me identificara. Y así salió Demian Rodríguez que inevitablemente llegó al bolero, porque siempre hice música de esa índole, también cantaba harta ranchera. Pero ya no cantaba las canciones de infancia, sino que eran mis canciones.

Fue una época dura, porque había sido papá y tenía que estar en la totalidad, poniendo a prueba mi capacidad de padre, de pareja, de sustentar una familia y desarrollar una carrera que escasamente daba recursos. Lo único que tenía era mi convicción. Aun así muchas veces colapsé. Pero existieron mis amigos que cuando yo ni siquiera confiaba, ellos confiaban en mí.

“Yo tomo del cotidiano los elementos para componer, no creo en ningún dios”

Eres bastante autodidacta en tu formación y desde ese lugar has revitalizado un género bien tradicional y propio de un segmento generacional más adulto. ‚Cómo han sido esos aprendizajes y cuánto te aporta la intuición?

–Es una relación interna y es mi orgullo. Llegar a China con mis propias capacidades me era imposible en un tiempo. Hasta que llegó un momento en que pude ir afuera y mostrarme, que era en cierta forma una gran meta. Creo que soy dueño de una imaginación con muchos detalles… yo no sueño mucho, pero cuando sucede, son sueños muy claros, tengo la suerte de que eso venía en el paquete… jajaja

En esa re-visita del género tú aportas una poética bien particular…. ¿Qué emociones te mueven al componer?

–El fracaso. El bolero mío es el fracaso. Mis benditos fracasos. Es como la orquesta del fracaso. La canción Si cruzas la puerta, es sobre la separación con la madre de mi hija. Y se transformó en una canción que la gente canta. La cantan y la sienten como si estuviesen en la garra blanca y es maravillo ver eso. Y las canciones vienen de todos los lados como dice un amigo. Lo vivo desde donde se hacen las canciones, que son del pueblo. Vivo y sé de qué se trata una canción. Para hacer un bolero hay que vivir como bolero, yo soy súper dramático. Y eso me sale muy natural (risas). Camino mucho para componer. Suelo recorrer la ciudad. Las caminatas solo tienen el fin de encontrar algo en mi camino que se quede en mi cabeza, voy anotando… así voy desarrollando nuevas letras… la rítmica esta toda en la calle para mí…

De San Antonio emergen muchos músicos potentes, tú incluido. Hay quien dice que todo ese caudal tiene su cuna en las múltiples iglesias evangélicas donde los chicos iban a ensayar y tocar a falta de otros espacios ¿Qué dices de eso?

–Noooo… jajaja yo no, no soy de iglesia evangélica…Ese es Chinoy… jajajaja… yo no vengo de iglesias. Mi escuela fueron los oficios, pero la iglesia no, jamás, yo soy declarado ateo…“Borrar el pasado tiene un rollo”… es una cueca así medio poética y hay una frase que la gente cree que dice camarón, pero no es eso, es tamarón. Es un líquido que se echa en la fruta cuando se fumiga… eso es el tamarón, un veneno. Eso lo aprendí trabajando como temporero. Yo tomo del cotidiano los elementos para componer, no creo en ningún dios.

Valparaíso es como un imán de artistas y bohemios. Tu viniste de algún modo siguiendo la ruta de tus grandes amigos de San Antonio, Chinoy y Kaskivano ¿Que te ha dado este puerto?

–En esa época eran todos, no sólo Chinoy y Kaskivano, otros amigos también. De San Antonio me fui a Rancagua porque estaba bien jodido de lucas. Y cuando me fui ya estaba haciendo canciones, a los 20 años. Pero claro, mis amigos lo hacían desde mucho antes. En Rancagua armé una banda e hice más canciones, después Kaskivano me dice que me venga a Valpo, que estaban todos los chiquillos. Yo tenía una pega muy penca y me dicen: “¡acá podemos vivir de la música hermano!”. Y me vine. Era súper ingenuo, no tenía claro lo que era ser un artista… Y la hice, con mucho empeño, tocaba en la subida ecuador, en Canción de la trova, donde me llamaran yo tocaba, tocaba, tocaba… Pero tocaba agobiado igual porque no me gustaba lo que estaba haciendo, siempre sentía que no era yo y eso me quemaba la cabeza. Quería todo al tiro. Pero todo tiene su proceso. Ahora que tengo 30 años, ya son diez de hacer canciones y puedo darme cuenta que todo tiene su tiempo. Ese aprendizaje lo viví acá.

Ahora me gusto un poco más, siempre uno siente que quedan cosas en el tintero, creo que con el tiempo se va a disolver esta sensación y tampoco quiero apagarla porque es el motor para hacer cosas mejores, más elaboradas. Tiene que haber una persona que te exija ahí dentro y yo me inventé esa persona en la cabeza, que exige seriedad en mi trabajo. Por ejemplo ahora estoy trabajando salsa, que es una forma muy diferente, más percutiva, más gitana también a la vez…

Hay temas tremendos en tus dos discos como “Maestra de corazones” del primero y esa gozadera dramática de “Látigo del mundo”, del segundo. Esos códigos líricos que creas, son como micromundos sentimentales…

–Eso tiene que ver con las historias que uno cuenta. Yo creo que soy un cuentacuento y eso es lo que he tratado de hacer. Influenciado por Joaquín Sabina, Los tigres del norte, he querido entregarle al público una historia. No sé de dónde me viene esa capacidad, porque tampoco soy bueno para leer, sólo veo todo, la canción completa, la historia. Me he visto muchas veces llorando cuando estoy haciendo una canción, porque estoy viendo todo y simplemente escribo lo que veo. Me alimento de todas las cosas que se me cruzan por delante, hago de mis canciones el fiel retrato de la vida. Trato, humildemente, de ser la vida, sin charlatanería, sin hacerme el bueno en las canciones, por eso declaro en una canción: “…Tengo la voluntad de ser todo un maldito”, porque he tenido ganas de hacerlo, porque soy un ser humano.

“El fracaso es una gran escuela”

La pequeña Leonor busca la atención de su papa, él le explica con dulzura que está haciendo su trabajo, sin embargo, es hora de dejar de hacer preguntas… coincidimos en que tal vez podamos agendar otro encuentro para rematar.

Y días después, nuevamente a la hora acordada, Demian, esta vez solo y con las manos en los bolsillos, sonríe y saluda afable, disculpando mi retraso. Esta vez el escenario es parte de su propia historia: el Pimentón en subida Ecuador. Ahí parece sentirse más cómodo, se instala como agazapado y sostiene la mirada un poco entornada, mientras responde o divaga ante las preguntas, abnegado ante una cerveza recién servida…

El premio Pulsar al mejor cantautor te situó rápidamente en un buen estándar ¿Qué pasos te gustaría dar después de ese logro?

Hacer del bolero algo un poco más nuevo. Ser parte de la tradición me interesa mucho, pero también proponer mi composición, mi manera de hacer bolero… que cuando pase el tiempo se escuche un bolero y se sepa que yo soy el que está cantando, a eso aspiro… Creo que lo demás va llegar por añadidura y está sucediendo. Estamos trabajando para eso, ya hay un manager, todas las cosas ordenadas, con metas y un equipo de trabajo detrás. Con una banda de cuatro personas muy experimentadas, bajo, piano, percusión, guitarra… y mi voz… tendremos audiovisuales para los próximos conciertos, un encargado de prensa, ya se abrió el abanico y dar el siguiente paso que me tiene muy contento. Con las nuevas canciones que estoy componiendo, va a ser muy diferente a lo anterior. Sería terrible que me vieran para siempre como un bolerista. Todos los futuros proyectos van a ser alocados. No sé cómo iré a mutar porque las canciones son dueñas de mis mensajes. El próximo disco es más sabroso, le baja un poco la densidad del bolero. Ahora es otro escenario, con otra perspectiva, otras historias. Me estoy revisando, analizando mis canciones antiguas, viendo donde está mi corazón ahora y eso es lo más importante para construir todo lo demás. Ahora lo tengo puesto en mi felicidad… ya paré de sufrir. Quiero que el disco sea más sabroso, quiero que sea el vivo reflejo de lo que estoy viviendo… me enamoré de la vida…

Hablemos un poco más del fracaso…

–El fracaso es una gran escuela. Yo le hice un homenaje al fracaso con el disco Demian Rodríguez, por eso se llama así, un disco-fracaso… jajaja… trato de que sean algo especial los fracasos…lo que más me ha costado es llevar la familia y mi carrera a la vez…

Los cabros me webiaban que yo era Américo cuando cantaba… entonces no aceptaba mi cantante… después empecé a hacer música y me di cuenta que en otros lugares había cantantes súper capos… por ejemplo la negra en Argentina, que nunca escribió una canción pero era una tremenda cantante y empecé a darme cuenta de qué es ser cantante y empecé a aceptarme; las influencias de Elvis por ejemplo siempre han existido, me encanta… mi corazón estaba hecho mierda en el primer disco, la autoestima hecha bolsa. Ahora no; ahora es todo lo contrario

Estoy muy agradecido de la gente que me escucha, porque lo que aprendí, vino de esa ausencia, de años con esa agonía de hacer un concierto y no iba gente y me rajaba llorando, era mi dolor… yo tenía muchos pájaros en la cabeza, entonces tuve que limpiar un poco ahí arriba… empecé a conocer gente, de todo un poco… la vida me encamino. Ahora tengo más herramientas para hacer mejores canciones… uno se inventa sus propias leyes en esto… hay gente que se casa con las canciones, tiene hijos, le pone nombres… es un detalle delicado…

Esa cosa dramática ¿de donde te vine?

–De mis padres. En la casa somos todos dramáticos. Ahí está el ADN. Mis abuelos son personas silentes, son de miradas… pero finalmente son personas que le ganaron a la vida, con mucho esfuerzo, dieron vuelta todas las expectativas… así también yo cuando comencé a hacer música como que muchas cosas se unieron y tuve que echar mano de todo lo que tenía, básicamente voluntad para sacar adelante algo que no daba nada más que satisfacciones, entonces tuve que inventarme una historia pero también tuve que mirar hacia atrás y ahí estaban las historias de mis abuelos, que son dignas de ser escritas, porque es muy improbable lo que hicieron, son hijos del campo chileno, campo rudo, es increíble el viaje que se pegaron para ser quienes son… creo que por eso guardan silencio, hay algo que los mantiene por dentro… como una integridad, siempre tienen su palabra, muy caballeros y eso es bacán. Y mujeres poderosas también, mis abuelas, mujeres con mucho carácter. Eso también me fortaleció. Y para hacer música también hay que tener carácter, hay que sacar adelante como sea el proyecto.

Ese carácter también se refleja en tu estética, que ha ido mutando…

–Yo no lo busque, me fui sintiendo así… estaba muy confundido, venían cosas raras a mi mente, decía estaré loco… tuve que ordenar todo lo que tenía, entre la imaginación y cosas personales, me empecé a reconocer, porque tal vez me escondía mucho, ahora creo que soy yo con más fuerza que nunca, ahí están las canciones, desde la primera hasta ahora, todas son reflejo de mi vida o tienen que ver con mi entorno…  a los cinco años cantaba rancheras, música pop, lo que fuera… hasta que conocí a Kaskivano y empecé a componer y escuchaba desde chico a su hermano, ahí se dieron muchas dinámicas, eso me emparenta con mis amigos sanantoninos y los cabros también… el diario de vida de ellos son sus canciones, cada uno con sus colores…

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