Daniel Plaza, escritor: “El mayor peligro es no ver la violencia”

La crítica ha celebrado su nueva novela “Desierto”, donde el narrador y académico aborda, a partir del enigma de un crimen, los temas de la violencia y la migración en una anónima ciudad.

Por Marcela Kupfer

Un policía investiga el atroz crimen de una mujer, ocurrido en el baño de una sórdida habitación de hotel. El empleado de un locutorio atisba desde su puesto las vidas de los migrantes que intentan sobreponerse al olvido, mientras sobreviven en la ciudad. Promesas, deseos, amores y temores llenan las páginas de las cartas que Nina escribe a su pareja y a su hijo, a quienes ha dejado en el extranjero. Un narcotraficante, veterano de la noche y de las fronteras, busca eludir la carga de la culpa que el destino le ha impuesto.

Cuatro historias, cuatro momentos, cuatro voces unidas por un final aciago y violento, cuyo origen se esconde en las bulliciosas calles de una urbe de anónimos habitantes, son las que dan forma a Desierto, la nueva novela del escritor Daniel Plaza, que forma parte del catálogo de la editorial porteña Narrativa Punto Aparte.

 Plaza, autor de la novela “El corredor” –ganadora del Premio Mejor Obra Literaria 2001-, elabora en “Desierto” una trama coral, inserta en la sólida tradición del noir chileno, donde reconstruye con precisión y sin artificios la anatomía de un crimen, buscando respuestas a las preguntas que nadie atiende en una sociedad atravesada por la indolencia y la soledad.

¿Cuál fue tu inspiración para escribir este libro?

–Esta novela es resultado de una anterior que venía trabajando (una que no he querido dar a conocer y tal vez no lo haga), donde su protagonista rondaba por los lugares del centro de la ciudad, una ciudad innombrada pero muy latinoamericana. Sus referencias obviamente tienen mucho que  ver con Santiago, pero también con otras que imaginaba. De esa novela me quedaron las imágenes de lugares. Me interesaba mucho lo de los lugares. En esa novela surgió marginalmente un centro de ciudad, o un rincón de centro de ciudad, habitada por inmigrantes que se reunían en un mínimo espacio, un espacio pobre, pero en el que generaban modos de cohabitación solidarios. Eso fue lo primero. Luego alguien me comentó una escena que había visto en un centro de llamados en el centro de Santiago y esa escena facilitó la imagen de la totalidad de lo que luego sería Desierto.

¿Cuáles son los principales temas que quisiste plasmar en la novela?

–La violencia, primero que nada. Me perturba la violencia en sus diferentes manifestaciones. Me preocupa sobre todo esa violencia que es menos visible, la que está en la calle, en el trato entre unos y otros, en las condiciones de vida que tornan la vida en supervivencia y no se ve. Las condiciones de vida como sociedad, el trabajar mucho por muy poco, por ejemplo (Chile registra una cifra alarmante: más del 50% de la fuerza laboral trabaja por el salario mínimo). La violencia que ejercen los Estados es visible, pero cuando la violencia está en todo, en todos, entonces estamos hablando de una sociedad en peligro. El mayor peligro es no ver la violencia, aceptarla e incorporarla. La forma en que la gente se trata, el lenguaje violento “normalizado” en las redes sociales, todo eso es preocupante para una sociedad. Es una olla a punto de explotar o que siempre amenaza con explotar. El sistema capitalista en su estado neoliberal, especialmente en su versión chilena, genera sensación de “riqueza material”, pero la verdad es que todo esto se da a costa de jornadas laborales inhumanas, de la instalación de deseos de aquello que no se necesita (un celular, el artículo de lujo, etcétera). No hablo de la violencia visible, esa que ejercen los Estados, la delincuencia, etcétera; hablo de esa otra, la de subirse al Transantiago en condiciones inhumanas y gastar 2 o 3 horas diarias para viajar desde y hacia el trabajo. La violencia es una preocupación central en Desierto. La mujer, sin duda, es un símbolo de esa violencia, pues lamentablemente las sociedades violentas suelen convertir a la mujer en el objeto de la violencia. Hay aquí una metáfora de estas condiciones de vida alarmantes. Una alarma silenciosa que nadie mira o quiere mirar.

Un segundo tema es el de la inmigración como expresión de unas formas de vida donde el desconocimiento del otro genera una sociedad deshumanizada. Una sociedad que integra sin duda es una sociedad menos violenta. Un país con una educación que no segregue, que genere espacios de educación donde todos se encuentran con todos, es obviamente una sociedad que no desconoce al otro, pues todos son parte de una experiencia común. Una sociedad que se integra y se encuentra es una sociedad con un mejor futuro. Segregar, separar, desconocer al otro, es el mejor camino para llevar al desencuentro. Creo que la imagen del inmigrante es la expresión de esa problemática, la de aprender a mirar o intentar de alguna forma de empatizar con esa otra persona. El inmigrante, por presencia, instala ese desafío a cualquier sociedad.


LA SOLEDAD DE LOS MIGRANTES


La novela no identifica un lugar específico, pero podríamos reconocer allí muchas ciudades chilenas, como Santiago o Antofagasta. ¿Qué tomaste de estas ciudades? ¿Por qué elegiste un escenario sin nombre?

–No identifica ningún lugar específico porque de fondo había una aspiración de que funcionara como muestra expresiva de lo que sucede en muchos rincones del país y del continente. Latinoamérica tiene centros urbanos bastante parecidos. Me interesó generar una obra que pudiera referir a esos distintos lugares donde el lector pudiera sentirse identificado. Sin duda hay mucho de Santiago y podría haber algo de Antofagasta, pero perfectamente podría haber algo de otros lugares. Los centros urbanos tienen esta característica de generar espacios comerciales junto a bastos espacios de marginalidad, de sectores o rincones que van perdiéndose. En esos rincones es donde ocurre aquello que nadie quiere ver, la pérdida y la redención, o la resistencia. Nunca mueren, sino que siguen generando formas de vida que escapan al modelo oficial. Allí, muchas veces, no siempre, es posible advertir pequeñas expresiones de humanidad que los espacios oficiales y comerciales tienden a negar u ocultar. Personalmente, la deshumanización del mundo, generada por las condiciones de vida impuestas por el capitalismo en su actual estado, me parece altamente preocupante. Una ciudad es expresión de esas formas de vida oficiales, pero también oculta los espacios donde esa deshumanización aún no llega o son resistidas. Esto no es una idealización de lo marginal, en todo caso. Más bien, es verlo como metáfora de lo que podría ser, eso que siempre resulta peligroso para las formas de vida oficiales. Humanizar implica, para las formas actuales del vivir, contravenir lo que se ofrece. Humanizar es alternativa de reunión, encuentro, solidaridad. No se trata de ser solidarios ante las tragedias. Ese es un aspecto humano, no nacional, como se quiere hacer creer. Lo que importa es que podamos observar cómo hemos aceptado vivir en la segregación, en la burbuja personal, en el interés por el “pasarlo bien” individualmente (habría que reflexionar sobre qué es pasarlo bien en la actualidad), sin mucho miramiento a qué sucede con los demás.

La soledad de los migrantes es un tema que sobresale en la novela, ¿qué motivó esta observación?

–La soledad de los migrantes es una condición inevitable, dado que se ven sometidos a todo tipo de riesgos al momento de transitar a otros países. Su soledad es perturbadora. Hay una huerfanía en esa condición. Es un ser humano que se expone a la desnudez. Su cuerpo, su existencia, son presas de una profunda huerfanía. Esta huerfanía no es únicamente material, es también existencial. Allí las emociones afloran como un sentir que puede resultar traumático: a nadie importa lo que ese ser humano puede sentir, el migrante importa sólo como un objeto que queda expuesto al servicio de los deseos o necesidades del otro. El migrante es metáfora de esa condición del ser humano; cuando el ser humano es invisible para el resto desde su naturaleza y es convertido en mero objeto de los afanes ajenos, está perdido, queda reducido a una deshumanización abismante. Ronda a esta imagen una soledad profunda, desoladora.

¿Consideras “Desierto” como una novela noir o policial?

–No la escribí pensándola dentro de una línea específica. Más bien me interesaron los temas que la cruzaban, también mis propósitos desde la escritura misma, como intentar un lenguaje que expresara lo antes mencionado. Al hacerse fue adquiriendo forma de novela que pudiera clasificarse dentro de la tradición del noir o policial. Me ha sorprendido este hallazgo y no me preocupa realmente. Me interesa que el libro llegue y encuentro su público lector. Los géneros son formas que en el tiempo van cambiando. Con el tiempo se verá cómo funciona “Desierto” desde ese punto de vista.

SOBRE EL AUTOR

Daniel Plaza, escritor y académico, obtuvo el premio Juegos Literarios Gabriela Mistral de la Municipalidad de Santiago en 1992 y el premio Mejores Obras Literarias, en la categoría novela inédita, del Consejo Nacional delLibro y la Lectura, el 2001. Es autor de la novela “El corredor” (2002). En dos ocasiones ha obtenido la beca de Creación Literaria del Fondo Nacional de la Cultura.

Sobre su primera novela la crítica ha dicho:

“Una obra entrañable (…) que detalla la épica sorda de sacarle el máximo partido a un relato mínimo sin recurrir a golpes de efecto (…) una suerte de narración minimal en la anécdota pero densa en sus ecos”. (Álvaro Bisama, La Tercera, 3 de mayo de 2002)

“Se lee de una carrera (…). El narrador sabe captar hábilmente la curiosidad mediante la dosificación de la intriga, manteniendo vivo el deseo de seguir adelante”. (Pedro Pablo Guerrero, Revista de Libros, El Mercurio, 8 de junio de 2002)

“La intensidad de una experiencia de traspaso de límites, además de la impresión de indeterminación y riqueza significativa, es la que deja su lectura”. (Carmen Foxley, Taller de Letras, Universidad Católica, N° 31, 2002)

“Es una novela que tiene, como suele decirse, esa cualidad sospechosa de ser leída de una sola vez”. (Cristián Vila Riquelme, Revista Rocinante, N° 44,  junio, 2002)

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