«Cuestión de principios»: El relevo de una generación

 

“Todas las familias felices se parecen unas a otras;
pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”

 

Tolstoi

Por Jonathan Camps

Cuestión de principios se presenta como una reversión de la obra de Roberto Cossa.  Nos muestra un drama familiar entre un padre y su hija que a primera vista parece bastante simple y que en esa simplicidad encubre una serie de capas que van sumando una complejidad que sostiene la que puede ser una tesis política: la generación de los hijos de la Concertación no tiene esperanza.

El drama se presenta en ocho actos con dos actores. Una escenografía completamente desnuda, dos sillas, algunos papeles, una petaca y de fondo la proyección de textos que acompañan en algunos momentos. El argumento es el siguiente: Alejandro Goic interpreta a un militante del partido socialista que escribe sus memorias y llama a su hija, personificada por Amalia Kassai, quien es periodista, para que le ayude con ese trabajo. Ella se niega al principio, por motivos biográficos y de resentimiento hacia su padre, pero ante la petición de la editorial decide ceder y tomar esto como un trabajo intentando hacer una separación del autor y el hombre. Las escenas van transcurriendo en lo que será una verdadera dialéctica entre dos posiciones que se irán complementando de manera contradictoria.

En más de un nivel puede leerse la obra, siendo uno elemental el de las relaciones padre e hija y su desarrollo estrictamente psicológico. Sin embargo la obra no está completa sin un segundo nivel, el histórico. En este plano se trata ya no solo de la relación entre ambos sino de cómo la historia de un país y de un militante activo repercute en el ámbito de las relaciones familiares sino que además, cómo se configura en Chile un tipo de subjetividad propio de fines de los ochenta y principios de los noventa; y en el presente cómo se emite, a fin de cuentas, un discurso de opinión pública y política que intenta legitimar una serie de hechos históricos del pasado. Aquí emerge pues, el tercer momento, que abarcaría a los anteriores y que además vendría a representar la superación, Aufhebung dialéctica: el momento político. Separar lo familiar de lo político es acá imposible y viene a mostrar la vieja tesis aristotélica de que la familia es la base de toda sociedad y sostén de la vida política.  Y sobre todo, que lo personal es político.

La obra trata de tensionar al espectador mediante una serie de escenas en las que la hija le enrostra al padre toda su hipocresía respecto del rol histórico de quienes lideraron la transición hacia la democracia a fines de los ochenta en Chile. En las memorias de este militante socialista la gesta ha sido heroica, mientras que la hija lo ataca desde la intimidad con una serie de puntos que hacen que toda la grandeza del “No” se venga abajo. La creación de una agencia de inteligencia destinada a neutralizar células de ultra izquierda, el pacto con la democracia cristiana para hacer de un golpista la carta presidencial de la Concertación, la eliminación del plebiscito como una alternativa política, y, golpe aún más duro para el padre, una serie de reproches respecto de cómo se construye un hombre político a partir del desplazamiento de la mujer: el machismo de izquierda, y su ausencia paterna. Y en escena, mientras bebe de su petaca y enarbola diatribas marxista-leninistas al son de que solo dos cosas intransables, la revolución y el copete, la madre que nunca aparece. Pero para todo eso él tiene una respuesta. 

Sin embargo, los golpes le llegan. Es su vida familiar que al militante le llegan los golpes. Desde ahí puede comenzar a desmontarse todo el aparato de la transitología que el padre pretende justificar con sus memorias.

Lo interesante de la obra se juega, pues, en esa dialéctica en la que lo familiar cuestiona lo político y mientras lo político busca reafirmarse constantemente, pues el peso de la Historia – esta vez con mayúsculas- podría más que un “pequeño drama de una niña que tuvo que vivir con un padre ausente y ahora bueno para el trago”. La obra tiende hacia eso y la dirección de Jesús Urqueta logra yuxtaponer cada uno de los elementos narrativos y de actuación para darles una progresión dramática donde todo parece haber estado bien pensado.

Si la obra se trata de un choque de posiciones representadas en estos dos personajes, provocando en el espectador una reflexión, no por ello deja de tomar posición. Como si en la elección de las formas y la estructura, Goic hubiese decidido golpearse a sí mismo y por medio de ello superar la disputa entre autoflagelantes y autocomplacienes. A veces, para golpear al enemigo hay que golpear lo que hay de él en uno mismo. Es así entonces que, si el padre pierde -y el discurso de la obra permite que todas las críticas que la hija le hace terminen acabando con él pues “la historia ha pasado sobre ellos”-, al perder gana. Todas y cada una de las críticas de ella son válidas en el marco de la obra, y de hecho cabría pensar al personaje de la hija como la voz de la generación millenial criticando la fábula de la transición. Sin embargo algo de la nueva generación no termina de cerrar. Ella no puede hacerse cargo del todo de una tarea a medio andar, pues está presa de su falta de esperanza y tiene la imposibilidad para pensar una verdadera alternativa a los fines de semana en el mall. Y ahí, en la última escena de la obra, aparece toda la toma de posición de la misma: aun cuando quieran acallarlo con críticas al cómo ocurrió efectivamente, mientras hayan caídos y se levante una injusticia, el fantasma seguirá rondando. 

El resto, eso que nunca puede decirse, la última palabra a propósito del futuro y el pasado, de la historia política de un país, y de la función del padre y la madre en la psiquis individual, es algo que el espectador habrá de juzgar. Por todos estos motivos Cuestión de principios merece sumarse a la lista de obras que hacen reflexionar acerca de la memoria y el olvido sin quedarse del todo ahí, sino que arriesgando una crítica al presente y a las maneras actuales de entender nuestra relación con el porvenir.

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