(Cuento Inédito) “Barricadas”

Servando Cabrera Moreno (1923-1981), artista cubano.

Servando Cabrera Moreno (1923-1981), artista cubano.

Los valientes saltan los primeros
broncearán sus bíceps en el fuego
entrenando un semestre entero”
Dënver

Por Francisco Vargas Huaiquimilla

De cómo terminaron en la casa del carabinero, no es importante. De cómo fingieron ser dos tipos lumpen anónimos tampoco. Sí parece significativo que al llegar a la casa, se sacaran la ropa, cómo el jeans ajustado del Pancho, el Punki sureño, no soportaba la presión que le hacía su erección y Lalo, el policía de civil, se bajaba con rapidez el buzo y le mostraba un miembro oscuro tal como lo imaginaba el Pancho. Sus cuerpos morenos temblaban por el nerviosismo del encuentro efímero, entre abrazos y manoseos los huesos hacen ecos y vibran, sus labios siseaban y la saliva se desbordaba desde los labios hasta el mentón, parecía un acto animal y voraz. Las tetillas de Lalo estaban duras, mientras la lengua de Pancho las lamía y así se aproximó por todo su cuerpo. Con una cautela que hacía al Pancho un experto en estos encuentros furtivos, le preguntó – loco vivís solo ¿Cierto?- Había preocupación en ello, ya que la última vez que tuvo un hogar, su madre lo pilló junto a un metalero haciendo el 69 y lo echó por H-U-E-C-O, esas fueron las palabras categóricas, desde ahí no supo más de estudiar en la universidad, ni de cigarros caros, ni menos de vivir como el resto en la población. El Lalo respondió – Sí. Víoh solo, no te preocupís-.

La pieza que arrendaba el carabinero en el centro era lúgubre, la luz escasa, el Punki vio a su alrededor y comprobó fotos de familia, amigos retratados jugando con armas, un rosario colgado en la pared , llena de moho y cicatrices, junto a una imagen de la virgen, un poster de Néstor en bloque y otro de Metallica. Continuaron con su ritual de vapores entre el frío, oliendo sus cuerpos pesados de lluvia y humo. El Paco le dijo al Punki – ¿Cashái la luma y la bolsa de supermercao que están aí? Quiero que me la metái por detráh y la bolsa me la pongai en la cabeza. El Pancho dudó un poco, y el otro insistió, ¡Dale weón méteme la weá! ¡Soy la ley culiao! ¡Hazlo! ¡Soy la ley! El Punki accedió, escupió el artefacto y de a poco le metió el bastón retráctil que tanto adora estar sobre las cabezas de otros, sus cuerpos se transformaban en campos de batalla, simulando los nuevos y sensuales abusos de las brigadas en las calles del país. Luego de dilatar al carabinero, el Punki acercó la verga erecta y penetró al que decía ser la ley. No había duda en sentirse privilegiado, en cierta forma, joderse al poder no es algo que pasa todos los días. Entre gemidos policiales ahogados por el plástico el Paco se iba a goterones sobre sus sábanas amarillentas y el Punki lo seguía explotándole como una molotov en su espalda, dejando trozos de él en toda su piel húmeda de semen tibio. Cuando se recostaron a descansar en la cama, el Punki por segundos vio a los ojos negros del Lalo y se avergonzó, parecía algo más que un revolcón cualquiera, comprendían el uno al otro la escena protagonizada, pero no se dijeron nada por varios minutos. Finalmente Pancho, el Punki, le confesó que lo notó, al Paco de civil, en la misma onda esa tarde en la marcha. Cuando ambos tiraban piedras, uno porque era su pega y el Estado le pagaba por iniciar los disturbios, el otro por deporte o por justicia. No es tan claro si es que era un Punki en sí, todos lo llamaban de esa manera, pero ¿ Qué es un punki estos días? al menos parecía uno, había una moica en su cabeza, pitillos, tachas, cuero y actitud guerrera, sin embargo bien podía ser otro pendejo weón hijo de las mezclas de la ropa americana, un blog fashion y harto tiempo libre. En medio de los disturbios sacó sus paños envueltos en vinagre y otros con limón, una receta infalible desde los tiempos de la dictadura contra el humo lacrimoso. El gas se disipó entre la gente y todos corrían, el Paco de civil tomó una lata y la devolvió desafiante, convencía a cualquiera menos al Punki, este lo vio entre la humareda y al sacar su poleron, el Paco mostró toda esa anatomía trabajada en la que tanta pichanga, hacía asomar bíceps duros y elásticos y como la luz se reflejaba en los diferentes surcos de su abdomen lleno de calugas pétreas. Entre el buzo su paquete se movía como un péndulo grande y pesado. El Punki por un momento se excitó pero volvió a su cabales y comenzó a arrancar, ya venían los otros con una barricada de palos, caballos, agua y sudor de revuelta. Lo perdió de vista hasta que se lo encontró en un parque cercano.

El Pancho no sabía cómo excusarse para salir de la casa, el Lalo le estaba invitando a quedarse y tomar mate. Lo hizo, comieron pan tostado, tomaron mate y hablaron de sus pasados con intervalos de prolongados silencios que no eran incómodos, sin entablar la política, religión, ni sexo. Acordaron mutuamente olvidar que existían cadáveres entre los nuestros, de cómo los estudiantes y los que protestan, hacen naciones secretas en las hojas de cuaderno cuadriculado, donde nunca serán allanados. No hablaron de que las protestas son ballets lacrimógenos, todos se mueven en la adolescente coreografía que les fue enseñada desde la lycra de los 80 y como todos se revuelven en las posiciones asignadas, ahora con diferente música y bailarines distintos.
Acordaron de manera silenciosa, abstraerse de todo lo que hay en las calles y vivir no un amor, pero si una especie de silencio, colmado de besos, en su barricada secreta de las posiciones fijadas. Ambos convinieron aprovechar sus últimos minutos juntos, en frotarse uno con el otro sus miembros erectos hasta eyacular y luego de eso, darse un beso antes de abrir la puerta, para que el neo-mapunki, Pancho, se fuese y ambos pactaron de manera implícita que no llorarían si no era por el humo de una bomba y que no se tiembla, no se corre, y se disfruta cuando se expande el fuego en las calles.

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