Crítica teatral: Violeta Parra, hoy

violeta_trilogía de tiernos y feroces

Por Javier Valenzuela*

Fotografías: Nelson Campos

VIOLETA, segunda pieza teatral de la Trilogía de Tiernos y Feroces del dramaturgo Cristian Figueroa instala desde su inicio una propuesta que nos aleja de los lugares comunes donde la historia colectiva ha imaginado a la cantautora nacional. Esta decisión podría decepcionar a sus más fieles amantes, sin embargo, la artista jamás ha sido una figura de una sola lectura y siempre ha despertado las más diversas opiniones.

Al comenzar la función, vemos a tres músicos de una banda de rock contemporánea incorporarse en la escena, sobre un espacio dotado de un imponente aparataje lumínico, además de instrumentos musicales, alfombras, botellas de cervezas, un mini refrigerados, sillones… una sala de ensayo que bien podría ser la antesala de un concierto. Luego de unos minutos, una silueta femenina emerge desde el fondo del escenario, insinuando ser quien todos esperamos escuchar y conocer. Esta vez no lleva consigo sus ropajes particulares ni su reconocida caracterización facial. El montaje nos presenta una joven cantante, herida y solitaria, expuesta a un público que será testigo de la tragedia que se mueve por los conflictos internos que atraviesan su existencia.

A pesar que su director Jesús Urqueta ha dicho que “el personaje de Violeta Parra no existe en la puesta en escena”, no resulta difícil imaginar a la cantautora viviendo los mismos sentimientos que a la joven en escena sobre todo en el contexto actual. De esta forma, el montaje transita alrededor de la figura de la mítica artista nacional, sin la intención de relatar una nueva biografía, sino más bien, de construir una interpretación del mundo interno del personaje. Ya sea cantando en un concierto, en la soledad de una sala de ensayo o en el camarín junto a su banda de rock, reiteradas veces ingresamos al espacio íntimo donde se enfrenta a su público, al aislamiento, a sus amigos, amantes y familiares.

violeta-claudia cabezas

La actriz Claudia Cabezas en escena

Claudia Cabezas, actriz a cargo de interpretar y contener a esta Violeta moderna, circula por el dispositivo teatral aferrada entre el dolor, la rabia y el desamor, lo que en momentos logra trasportarnos a una atmósfera conmovedora, y en otras, hacernos navegar en un exceso de reiteraciones, sobre todo hacia el final del montaje que se extiende más de la cuenta. A pesar de este punto, la forma en que aborda los textos, masticando cada palabra, transmite una sensibilidad sobre el material dramatúrgico que se agradece.

Por otro lado, los integrantes de la banda que la acompañan (interpretados por los actores Nicolás Zárate, Víctor Montero y Gonzalo Martínez) distancian al público de las circunstancias con una postura “hípster rockera” que dificulta posibles interpretaciones que podrían aportar a la configuración del relato. Salvo la escena donde se sugiere el encuentro entre la protagonista y su amante extranjero, difícilmente es posible construir a partir de estos personajes otros matices y opiniones sobre lo que acontece en escena.

Sobre la propuesta, que en ocasiones se aleja y en otras rememora conocidos pasajes de la vida de Violeta, sin duda uno de los aportes más significativos es el tema de la cesión de los derechos de su música y escritos, donde queda en evidencia una visión crítica sobre la familia de la cantante al impedir la libre circulación de sus obras y el aprovechamiento económico de su apellido, traicionando de alguna forma su esencia popular y la visión política de su arte.

Sin duda la propuesta del director y su equipo resulta un trabajo interesante, que entrega nuevas lecturas sobre la santificada y demonizada cantautora, rescatando a través de un texto que se nutre de diferentes pasajes y canciones, un sinnúmero de mitos y versiones de su vida. Una adaptación de Violeta que nos invita a repensar a tantos artistas que a lo largo de la historia han desaparecido en circunstancias similares, tiñendo alrededor de sus vidas un manto de misticismo, donde la música como ecos del alma, parecieran aplacar de alguna forma el peso de la insatisfacción.

*Actor y gestor cultural – @javiervale

 

Comenta desde Facebook

Comentarios