Crítica literaria a la novela Barcelona de Néstor Flores Fica

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Este es el bar Barcelona de Valparaíso que d nombre a uno de estos tres relatos de terror

Este es el bar Barcelona de Valparaíso que da nombre a uno de estos tres relatos de terror

Por Paula Rivera

Barcelona (Puerto de Escape, 2006), tal como se lee en su portada, es un volumen compuesto por tres novelas cortas de terror ambientadas en el Valparaíso contemporáneo. Si bien se trata de historias autónomas, se pueden leer también, a causa de cierta recurrencia de personajes, como una sola gran novela del lado más tétrico y enigmático del puerto.

Precisamente este contexto es uno de los méritos de la obra, pues el autor describe la vida cotidiana de Valparaíso con gracia, dando pinceladas irónicas que consiguen dar cuenta con mayor precisión del ambiente porteño sin tener que recurrir a un detallismo exhaustivo. Tal como lo indica la contratapa esta obra se sitúa a espaldas de la imagen de postal turística que se le achaca a la ciudad, tendencia que poco a poco a comienza a cobrar mayor empuje en los escritores de la zona.

Cabe destacar el trabajo de Flores respecto a la construcción de personajes, casi todos adultos jóvenes. El tratamiento de la mayoría de ellos resulta convincente, y si bien se suele echar en falta una mayor densidad sicológica y madurez, no menos verdad es que cierto prototipo de adulto joven es exactamente como lo pinta el autor: inmerso entre fotocopias o implementos de trabajo, medio ahogado entre litros y más litros de cerveza y fatal y patéticamente atraído por el sexo opuesto según lo exuberante de sus atributos físicos.

En este sentido, los diálogos tienen enorme relevancia para contribuir a esta coherencia interna de los protagonistas de Barcelona. El lenguaje cotidiano es el que se toma sus voces, con referencias al contexto sociocultural de 2006 (Mundial de Fútbol, debates políticos), diversos giros coloquiales propios de Chile, alusiones a chistes clásicos y, claro, garabatos por montón. En general, las tres novelas cumplen con este difícil aspecto narrativo, si bien habría que señalar que “Barcelona” es en donde mejor puede apreciarse esta verosimilitud, y que en “Las crías del humo” es en donde menos, sobre todo a causa de cierta prolijidad que adquieren las estructuras sintácticas en situaciones poco pertinentes. Curiosamente, esta evaluación parcial sobre la obra coincide con su apreciación global. Sin duda, “Barcelona” es el relato mejor logrado, y “Las crías del humo” el menos convincente del volumen.

“Fanschop”, al inicio del libro, resulta muy original al remozar por completo el tópico de la criatura misteriosa de insólitos –y peligrosos– poderes. A la vez, es la novela que presenta el tratamiento estructural más complejo de las tres al estar dividido en dos partes, ambas con una conexión metaliteraria. Existe una evidente influencia de Poe en la obra, sobre todo respecto al cuento “Los asesinatos de la Rue Morgue”, aunque con una interesante vuelta de tuerca estructural que deja abierta la historia. Se debe destacar también la tensión del clímax de la primera parte, que realza su efecto en contraposición con los calmos episodios que lo anteceden.

“Las crías del humo” se basa en una premisa clásica de los relatos de terror: un grupo de amigos se extravía en un paseo en auto y llegan a una enigmática aldea perdida, casi intemporal, cercana a un cementerio. Sin embargo, no hay mayor novedad en el tratamiento narrativo. Lo mejor de la historia es la manera en la que Flores va incrementando gradualmente la tensión y el espanto al que somete a sus personajes, pero la manera en la que construye la naturaleza y actitud de las crías del humo no es del todo convincente de lo que podría esperarse.

Por último, “Barcelona”, la historia que da título al volumen, es un trepidante relato que no necesita su base de terror para sobresalir entre las demás. La influencia contextual cobra aquí todo su esplendor, con una minuciosa descripción del bar Barcelona y del ambiente universitario en los carretes de las noches porteñas, entre litros de cerveza, intentos de joteo y canciones notables (el cancionero que pasa por estas páginas es impresionante, aunque sea en términos cuantitativos). Todo esto no contribuye sino a potenciar el flujo narrativo de la historia, que si bien comienza con pequeños guiños a lo paranormal y termina con el desencadenamiento del horror en su máxima expresión, es ante todo una historia sobre los pliegues ocultos de la naturaleza humana, y de lo que implica sostener una amistad, una de las relaciones más complejas que puedan existir.

Los baches de Barcelona, en general, se concentran en la enorme digresión narrativa que se presenta en todas las novelas, en algunas más que otras. Sin duda la calidad literaria de las mismas habría sido superior si Flores las hubiera tijereteado, eliminando sus ripios. Se podría argumentar que un tratamiento más extenso del ambiente que rodea a los relatos puede contribuir a su atmósfera de terror, y es cierto, pero las digresiones de estos son en su mayoría innecesarias. Esto se aprecia sobre todo en la primera parte de “Fanschop”, en los primeros contactos entre Edgar y la criatura, y en “Las crías del humo”, en el larguísimo trayecto que va desde que Felipe y sus amigas deciden viajar juntos hasta que se extravían.

En todos los casos, considero que una dosificación de pasajes o episodios específicos habría mantenido la atmósfera intacta y le habría dado más concisión al volumen. Acaso por esto estimo que, sobre todo las primeras historias, con una reducción considerable, podrían perfectamente presentarse como relatos de largo aliento, porque así como están no se ajustan del todo al perfil de novela corta. Esto no impide, claro está, que su lectura sea amena. Como ya se insinuó, la prosa de Flores es ágil, y así sus digresiones, si bien innecesarias, no se hacen pesadas de seguir. De este modo, Barcelona se constituye como una curiosa obra de terror porteño, recomendable tanto para los aficionados al género como a aquellos que busquen historias envolventes.

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