Crítica de Teatro: Éxodo, la pequeña rebeldía de los migrantes abusados

Por Hilda Pabst
[Fotografías: Andrés Vargas]

Un lugar donde se faenan carnes nos instala rápidamente en un ambiente descarnado (valga la paradoja), explotador, teñido de crueldad y casi grotesco a momentos, que funciona bastante bien en lo estético y se reproduce visualmente como un buen fotograma de imágenes de alto impacto.

Cuchillos van y cuchillos vienen, mientras tres matarifes se denigran entre sí por su raza, sus costumbres o país de procedencia. Por cierto que el chileno es el más deleznable en su descompuesta idiosincrasia  rebasada de ignorancia, oportunismo, racismo, sexismo y torpe fanfarronería. Ante este personaje tan propio de nuestra fauna nacional, aparece como sensato contrapunto las dos mujeres altiplánicas que se dignifican a sí mismas todo el tiempo.

Hasta ahí, incluido el delirante hombre-vaca-narrador-showman, junto con el tremendo oficio actoral del elenco, se despliegan un buen ritmo narrativo y una puesta en escena de alta carga visual, que calza bien con la música -interpretada en vivo tras bambalinas- y con la manera de componer coreográficamente las escenas.

Entonces, a poco andar, se empieza a notar la primera fisura del entramado de piezas que componen Éxodo: los textos que apuestan a la ruleta de los lugares comunes. Inmigrantes pobres en los límites de su dignidad versus jefes ofensivamente cretinos, chistes manidos, bromas sexistas y personajes clichés van armando un repertorio demasiado usado y abusado.

Todos conocemos el famoso chiste del chileno, el peruano y el argentino, donde por supuesto el chileno, dueño de una astucia que limita con lo fraudulento, siempre sale “ganador” manipulando la última palabra. Pues bien, Éxodo propone una lógica similar, sólo que acá no hay argentino y, de algún modo, todos pierden a manos del explotador mafioso y del predicador pervertido, que los protege sólo para utilizarlos.

Otra grieta por la que se cuelan las dudas es la decisión, entre utilitaria y efectista, de incorporar a un joven haitiano en la puesta en escena, quien se hace parte de la ficción narrativa como recurso del mercado humano de trabajadores extranjeros de bajo costo. ¿Era necesario ponerlo a arrastrar una balsa en medio de la noche o que  se convierta en un asesino? ¿Cómo es que en menos de un pestañeo pasa de ser fuerza de trabajo low cost humilde, a ser un caudillo incendiario de los explotados? La elipsis es demasiado amplia.

Si se ha de tomar una decisión radical como incorporar a un migrante real en una puesta en escena, cabría darle cierta dignidad en el contexto narrativo para no reproducir la caricatura fácil del “negro delincuente” que mata al jefe cabrón, o a lo menos poner en tensión esa mirada plana archiconocida. 

De otro lado, el hombre-vaca-narrador-showman es un personaje grotesco-bufonesco que introduce el absurdo como elemento articulador sin mucha anestesia y eso refresca, perturba, divierte, fastidia, tensiona, ridiculiza, distiende y descoloca, pero básicamente aporta una segunda capa interpretativa que no deja de ser interesante, tanto por la forma como por el contenido. Sin embargo, aún es una hebra que no logra dar suficiente potencia a la trama.

Sabemos que se trata de una obra por encargo al dramaturgo Cristian Figueroa y aunque desconocemos el tenor del requerimiento de Teatro Imaginario, suponemos un acuerdo sobre los textos. Luego está el arbitrio de los directores-actores, Marco Zambrano y Arturo Rodríguez, de tomar y dejar personajes, situaciones, diálogos, sumar a un ciudadano haitiano, etc. La suma hace inclinar la balanza de la acción hacia el conflicto del abuso de poder, pero sin transición hacia el punto álgido y sin profundizar demasiado en la problemática propuesta, y es ahí donde el nudo pierde fuerza y los cabos se sueltan.

Queda la sensación de que el tema candente de los migrantes y la forma radical en que este fenómeno está modificando nuestras sociedades en muchos ámbitos, es abordado en una parcialidad un poco obvia, con buenos recursos actorales y escénicos, de eso no hay duda, pero que no escarba en las entrañas de la trama. Cuestión de tiempo quizás, de recorrer los intersticios de la puesta en escena con arrojo, de despojar la investigación de los lugares comunes, de cuestionar las propias premisas, de desaprender las falsas creencias. El vacío es también la oportunidad de volver a llenarse.

 

FICHA ARTÍSTICA

Dirección: Arturo Rodríguez, Marco Zambrano / Dramaturgia: Cristian Figueroa / Elenco: Katherine King, Dominic Fuentes, Patricio Díaz, Arturo Rodríguez, Marco Zambrano / Intérpretes invitados: Víctor Prado, Woodlet Johnson Meril / Diseño Sonoro: Camilo Gómez, Nicolás Aguirre, Tomás Carrasco / Diseño Escenográfico: Paula Becerra / Diseño Iluminación: Jorge Espinoza / Diseño vestuario: Jairo Urtubia / Realización escenografía: Miguel Alvayay / Máscaras: Tomás Oryan / Audiovisual: dereojo comunicaciones / Gráficas: Hermosos ruidos / Fotografía: Andrés Vargas / Comunicaciones y Difusión: Alejandra Delgado / Producción: Paula Becerra.

 

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