Comentario de cine: Alfredo Jaar y el amor por las imágenes

 

Por Jorge Cancino 

En 1924 Aby Warburg comenzaba a crear su Atlas Mnemosyne. Quería, con esta serie de paneles con fotografías, recortes de prensa y fragmentos, concentrar toda la producción de imágenes de la historia en un sólo gran atlas visual que permitiera hacer interpretaciones y asociaciones propias. Así, el historiador del arte desarrolla un amor por las imágenes que lo lleva a concretar un método de estudio aún utilizado en la disciplina. El mismo amor que mueve la obra del artista visual chileno Alfredo Jaar y que lo ha llevado a conectarse con una otredad a través de las imágenes. Luego de ver Jaar: el lamento de las imágenes, la sensación es de que el mundo se convierte en un lugar esencialmente visual, en donde todo es permeado por este lenguaje.

Paula Rodríguez Sickert, directora del documental, hace un recorrido por la obra y por el proceso creativo del artista ¿Qué lo influyó? ¿Cómo se gestaron sus obras más representativas? Son preguntas que guían este sendero visual que nos lleva desde el golpe militar hasta el genocidio de Ruanda, desde el niño foráneo en la isla Martinica hasta el exitoso artista radicado en New York. Sutil y a la vez concreto, el trabajo de dirección en poco más de una hora logra mostrarnos quién es Alfredo Jaar, el artista y la persona, el pesimista trabajador.

El artista resume su trabajo en poder entender el mundo a través del arte. No intuye, no funciona desde la creatividad, lo de él es método. Documenta rigurosamente hasta crear una obra cuyo principal leitmotiv es establecer un equilibrio entre lo poético y lo informativo. Se apoya esencialmente en la estructuración y acumulación de información de realidades que lo conmueven, preocupan o perturban. Una vez satisfecho con lo que ha registrado, recurre a la poesía para editar y generar, luego de un proceso casi quimérico, una crítica (sino protesta) al mundo. Lo mueve principalmente ir contra la indolencia de la sociedad y una profunda curiosidad por entender un mundo que no entiende y por el cual se siente pesimista. Hay una dualidad mostrada en el documental: el artista metódico y la persona curiosa.

Rodríguez Sickert hace con este registro un notable ejercicio de síntesis del artista.  Si se sabe poco o nada de Alfredo Jaar, se logra dimensionar la obra, reivindicando en cierta medida a un artista global del cual en Chile poco se sabe.

“Yo creo que la vida contemporánea es de una complejidad tan grande, que la gente corre, corre por su vida, corre por el mundo y pierde de vista lo relevante, lo importante. Entonces es en el mundo de la cultura en donde uno, justamente, puede frenar un poco, limpiar el sonido ambiente. Y encontrarse consigo mismo y meditar un poco sobre estas grandes preguntas que son en el fondo las más esenciales”.

Su obra gira en torno a la sensibilización del mundo a través de un arte que protesta, que nos muestra lo que no queremos ver o lo que no se nos deja ver. Desde intervenciones urbanas en grandes metrópolis como This is NOT América hasta la exposición de las indolentes portadas de la revista Neewsweek mientras Ruanda se desangraba en un brutal genocidio. Todo va en línea para mostrarnos las carencias del mundo, enrostrarnos la precariedad de una vida que ostenta satisfacciones vacías.

JAAR: el lamento de las imágenes crea, quizás sin habérselo propuesto, ese equilibrio perfecto que busca Alfredo, “no demasiado informativo porque se vuelve didáctico, ni demasiado poético o estético porque se vuelve muy dulce”. Este caminar junto a Alfredo Jaar de la mano de Paula Rodríguez se convierte en una declaración de amor por el ver, por impresionarnos con y desde la imagen sobre un mundo herido que el arte “puede curar”. Y, al modo de Aby Warburg, lo que Jaar va creando es un gran atlas visual de la humanidad para que juntos hagamos asociaciones que a simple vista no habríamos visto.

 

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