Chopin por encima de todas las cosas

En un palacio de principio de siglo, el autor de esta nota tiene una epifanía en complicidad con el mismísimo Hernán Rivera Letelier. 

 

Por Marcelo Simonetti

Desde que mi hijo Bruno regresó de un viaje por América Latina, el piano ha vuelto a reinar en casa cuando menos tres horas al día. Ser músico requiere de ciertos sacrificios y el entrenamiento diario es uno de ellos. Vivimos, en cierto modo, al arbitrio de sus necesidades, de ahí que un día de invierno pueda ser muy distinto a otro, dependiendo si en casa suena un tango de Ramiro Gallo o una sinfonía de Mozart. Quizá por eso, porque la música ha pasado a ser parte de la cotidianidad doméstica, cuando me invitaron al primer concierto de invierno en el Palacio Las Majadas de Pirque no lo pensé dos veces. 

El programa anunciaba una selección de piezas de Chopin y detallaba un agregado especial: el día anterior al concierto, el escritor Hernán Rivera Letelier daría una charla sobre el músico polaco. El dato me sorprendió. No lo tenía por un conocedor de la música docta o, cuando menos, del propio Chopin. Yo, por mi parte, averigüé un par de cosas: su primera pieza —la Polonesa en sol menor para piano— la compuso a la edad de siete años, un año antes de dar su primer concierto público; la tuberculosis lo acompañó durante gran parte de su vida, condenándolo a una existencia enfermiza y a una muerte temprana —cuando falleció tenía 39 años—; y en el plano sentimental, su vida estuvo marcada por la relación de casi una década con la escritora francesa George Sand. 

A media hora de Santiago se encuentra el Palacio Las Majadas. Una construcción que data de 1907 y que fue construida por el arquitecto Alberto Cruz Montt —el mismo que construyó el Castillo Ross, en Viña del Mar, o la misma catedral de Valparaíso—. Ahí se vienen realizando una serie de conciertos cruzados por el tema de la inspiración —el ciclo finaliza en septiembre—, una idea de Angélica Fanjul. Es ella quien me recibe en la residencia de Las Majadas —una construcción moderna, aledaña al palacio—. Lleva un pelo tan ensortijado como ceniciento. Con un pasado de dirigente social y ambientalista, Angélica se ha convertido en una activista de la música clásica. “Queremos ponerla de moda”, me dice, detrás de unos anteojos redondos. Es ella la que invitó a Rivera Letelier a este encuentro y quien lo presenta ante una concurrencia de unas sesenta personas para contarnos su particular relación con Frederic Chopin. 

La historia que desovilla Rivera Letelier no tiene desperdicio. El tránsito para llegar a Chopin incluye el viento de la pampa, los himnos evangélicos, los carnavales nortinos, las rancheras y los corridos mexicanos. Luego de ese periplo desembarca en Chopin. 

—En la pequeña biblioteca de Coya Sur, había un piano arrinconado, como si se trata de un mueble en desuso. Se contaban cosas extrañas de ese piano, cosas como que si uno pasaba al mediodía podía ver al fantasma de una antigua profesora tocando sus canciones favoritas. Un día le pedí permiso a Samuelito para tocar el piano. Nunca había oído sonar un piano. Toqué una de sus teclas. Entonces, Samuelito se sentó en el taburete y comenzó a tocar. Esa música era tan nueva para mis oídos, era tan pura, que no traía ningún nombre de mujer consigo. Era una música que me hacía imaginar escalas de luz, ríos de catedrales fluyendo en el aire, colisionando en el aire, desapareciendo en el aire. Samuelito fue el primero que habló de Frederic Chopin, el poeta del piano, como lo llamaba él. Lo que acababa de tocar era un fragmento del Nocturno 9, Opus 2. 

Cuando Rivera Letelier escribe Fatamorgana de amor con banda de música —su tercera publicación— ocurre algo. Ocupado de construir a sus personajes, da vida a Golondrina del Rosario, la pianista del biógrafo, escuchando día y noche a Chopin. A partir de entonces, y gracias al músico polaco, Rivera Letelier comprende que debe componer sus textos como si fueran partituras, que escribir una novela es lo mismo que escribir una sinfonía. 

En la cena, uno de los compañeros de mesa me regala una frase de Chopin: “No hay nada más odioso que la música sin significado oculto”. Y con esa cita me voy a la cama. 

Por la mañana despierto con un recuerdo en la cabeza. Hace unos años escribí una novela que tenía por tema central la música. La busco en mi computador y descubro que en toda la novela no hay alusión alguna a Chopin, pero rescato esta frase que viene a cuento: La música también es una forma de registrar emociones, un código complejo a través del cual los hombres han conseguido atrapar la tristeza, la alegría, el miedo, la rabia; un mapa de nuestros sentimientos”. 

Ya en el salón del concierto, me sorprende una dinámica para recibir a Chopin. Por un momento me siento como en esas clases de catecismo cuando te decían que debías prepararte para recibir el cuerpo de Cristo. En cosa de minutos cruzamos un umbral. Y pareciera que las notas de Chopin laten dentro nuestro. 

Minutos más tarde, cuando el maestro Eugenio Urrutia se pasea por distintas piezas de Chopin, creo ver al hombre de salud quebradiza, al amante de George Sand, al músico que admiraba a Paganini. Pero por sobre todo, cuando Urrutia interpreta el Nocturno 9, Opus 2, me pasa que esa música no trae consigo nombre de mujer alguno, ni tampoco amores de adolescencia. Igual que Rivera Letelier, veo escalas de luz, ríos de catedrales fluyendo en el aire, colisionando en el aire, desapareciendo en el aire, como si los sonidos hubieran estado siempre antes que las palabras, como si Chopin estuviera al principio de todas las cosas. 

Volvemos a casa poco después del mediodía. Viajamos en el auto mi mujer, yo y, por qué no decirlo, un músico nacido en Polonia hace 170 años.

 

 

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