Cerremos Valparaíso por fuera

IMG_5146 (640x640)

Por Oscar Aspillaga

Vivo cerca de los cerros que se incendiaron el 12 y 13 de abril de este 2014 en Valparaíso. Vi con mis propios ojos cómo la gente bajaba en hordas desde los cerros quemados, llorando, gritando, con sólo lo puesto, un caos. Nunca olvidaré cuando estaba en mi casa y me quedé paralizado por 15 segundos sin saber qué hacer, si arrancar o seguir mojando el barrio junto con mis vecinos. Nunca olvidaré la sensación que sentí en esas horas.

Cuando todavía se veía fuego y se escuchaban explosiones desde los cerros, subí al Cerro La Virgen, a menos 100 metros de mi casa. La llamas estaban ahí mismo y lloré. Amparados bajo el brazo protector de la virgen que le da nombre a este cerro, éramos cientos los que mirábamos impotentes mientras todo ardía. Al día siguiente subí y recorrí el lugar incendiado. Los que no viven en esta ciudad, y seguramente miles de porteños, creo que no conocerán la real dimensión de lo que pasó allá arriba. Es como si una bomba atómica hubiera explotado y arrasado con siete cerros. Después de este recorrido nunca más quise subir, me iba a sentir un verdadero inútil si subía a “reportear”, en lugar de ayudar. Preferí que pasaran los días para volver a hacerlo.
Regresé arriba el 29 de abril, esta vez al cerro Las Cañas. Llegué a lugares que desde el plan de Valparaíso no se ven, lugares donde jamás iría si no fuera por lo que pasó. Y me siento pésimo por eso. La sensación que sentí fue peor que la primera vez que visité los lugares afectados por esta catástrofe. Gente caminando sola, merodeando sus casas destruidas, durmiendo en carpas, en improvisados hogares y comedores levantados con palos y techos con lienzos de lo que sobró de las campañas políticas, niños jugando en la tierra, árboles convertidos en cenizas, autos quemados.
En cuanto a lo que hay que hacer a partir de ahora, estas semanas hemos visto de todo: todos culpándose unos a otros, que el delegado, que el intendente, que el alcalde, que los ministros, que los arquitectos, que los senadores, que los diputados. Todos proponiendo cosas y nadie concretando. Mientras, los porteños que perdieron sus casas las vuelven a levantar a pulso, en el mismo lugar donde estaban, sin calles, sin agua, allá bien abajo en las quebradas donde nadie los ve. Donde yo tampoco los veía y donde nadie los verá.
La desigualdad, la pobreza, la indiferencia del Estado con Valparaíso se hacen patente en estos momentos. Y lo peor es que de alguna forma todos sabíamos que así era, pero se ocultaba detrás de los cerros y lo ignorábamos.
Si a partir de esta tragedia todo sigue igual, mejor cerremos la ciudad por fuera y vayámonos todos de acá.
Espero que eso no pase.

Comenta desde Facebook

Comentarios