Cariño Malo

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Por Patricia Péndola* / Ilustración de Constanza Fuentes

Meses sin verlo. Y fue la casualidad que me llevó a ese bar, al que nunca fuimos juntos porque es nuevo: Cariño Malo.

Lo reconocí en la semipenumbra. Cuando lo saludé, percibí su aliento recalentado de alcohol. Una botella de vino vacía en la mesa. Una sola copa. Yo pedí otra copa y más vino. Creo que se alegró de verme; me sonrío como antes, como siempre. Habló mucho y lo escuché en silencio, como siempre. Me contó de su tristeza, de su repentina soledad. La rubia regresó a Europa y él se quedó acá, en su puerto trasnochado, extrañándola, sin comprender el desamor ni el abandono. No dije nada, pero recordé mi propia soledad, cuando él se fue de nuestra casa tras la rubia veinte años más joven que moría por él. O así lo dijo ella.

Por los viejos tiempos, había brindado él media hora antes. Por la felicidad que construimos juntos. Se le quebró la voz. Entonces había empezado a relatarme su reciente ruptura, que no entendía, y la nostalgia por los ojos azules de ella, la que se había ido.

Sentí pena otra vez. Y me odié por eso y por mirar sus labios, sus ojos enormes, ahora con ojeras, las primeras canas brillando entre su pelo negro. Y, aunque decadente, seguía tan atractivo que me dolía dentro.

Yo tomé poco. Él bebió hasta la embriaguez. “Ya, flaquita”, me dijo, “Vámonos a la casa”.

Caminamos abrazados como antes, como hace tanto tiempo. Acerqué varias veces mi rostro a su cuello para sentir su olor, y una sensación olvidada, muy familiar, se iba apoderando de mis piernas y mis pechos y mi vientre. Lo sentí tan indefenso. Todo parecía tan fácil.

En medio del corredor oscuro del edificio me besó como antes, tomándome el rostro con toda la mano abierta. Unos pasos más allá, la misma mano buscó por mi escote. Espera a que entremos, susurré.

Mi piel sedienta de manos y besos, sedienta de él, se entregó febril a la urgencia de este hombre tan amado, tan añorado. Todo fue rápido y casi no alcanzamos a desvestirnos. Quise recorre con las yemas de mis dedos su pecho, su espalda, sus hombros; reconocer con gozo y con nostalgia cada rincón y cada curva. Pero él tenía prisa.

Nunca pude olvidar el temblor de su cuerpo, siempre me hería el recuerdo de sus dientes mordiendo suave mi cuello. Pero esta vez, en lugar de la caricia ansiada, susurró “Lena” y el estremecimiento para mí fue solo dolor.

Yo permanecí despierta toda la noche. Él se durmió muy pronto a mi lado. No quise, como había soñado, acariciar otra vez su pelo ni sus brazos. En cambio, palpé mi cuerpo maduro, mis carnes blandas, comprobé este desastre que día a día envejece ante el espejo, y que lo empujó a él tras esa rubia Lena, la misma que ahora lo abandonó como un despojo en un bar, como un despojo en mi cama.

Al despertar, él balbuceó unas disculpas. Le pedí que se callara, que no empeorara las cosas, que se vistiera rápido y se fuera. Alejé mi cabeza cuando ensayó un beso en la frente.

Eso fue el viernes. Aún estoy en mi cama. Hoy es martes. Afuera hay sol.

Yo tengo las cortinas cerradas.

*Patricia Péndola es profesora de castellano. Alumna tallerista de Pía Barros (todos los veranos). Magistrada en Literatura de la PUCV. Participó con un poema y un microcuento en el libro bilingüe Un puente por encima del Atlántico/Un pont par- dessus l’ Atlantique, de la compiladora Françoise Laly (Francia, 2012).

*Cuento publicado en La Juguera Magazine nº 10

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