Calamaro en Valparaíso: Dicen que hay algo que tener

Puntualidad, pulcritud, elegancia y sobriedad, en simples términos, así fue la primera noche de Andrés Calamaro en Valparaíso. Su presentación, parte de la gira Licencia para cantar, colmó de fanáticos el Teatro Municipal, espacio ideal para un encuentro cercano con el argentino que, por cerca de dos horas y en formato acústico, hizo un completo repaso por su discografía.

 

Escribe y fotografía: Arturo Carrillo Marchant

Fría noche de miércoles le tocó a los asistentes de un evento inédito en Valparaíso: la primera visita del cantante argentino Andrés Calamaro a la ciudad. En medio del buqué a choripán callejero de la Plaza O’Higgins, fanáticos y detractores del ex Rodríguez se reunieron en Uruguay con Pedro Montt; mientras los primeros entraban expectantes al Teatro Municipal porteño, los otros, un grupo de animalistas con pancartas y megáfono en mano, le reprochaban su pasión y defensa de la tauromaquia. La cita era a las 21:00 horas, algo que buena parte del público no se tomó tan en serio, pues, a eso de las 21:05 los primeros compases de El cantante sorprendieron a muchos conversando en el hall o fumando un último porrito en las escaleras. La protesta continuó coreando al Salmón desde la vereda de enfrente.

Lejos de la euforia de sus anteriores visitas al país, lo de ahora iba en plan más íntimo y acogedor. La máxima de su actual gira, Licencia para cantar, es el formato acústico, por lo tanto esta vez Calamaro no se hizo apañar por grandes bandas y coristas. Eran tan sólo él, con su voz y sus clásicos lentes ahumados, junto a sus tres nuevos ´compipas´ -unos sobresalientes Germán Wiedemer al piano, Antonio Miguel en contrabajo y Martín Bruhn en percusiones- los que salieron a ganarse al público porteño.

La verdad no fue difícil. Con soltura y elegancia la banda fue lanzando uno a uno los temas: La libertad, Bohemio, Algo contigo, ¿Quién asó la manteca?. Andrés y los suyos (para los cuales no se cansó de pedir aplausos) mostraron nuevas vidas de las canciones que lo han acompañado por años. La música fluyó por el teatro, llenó el espacio y antes del cuarto de hora la audiencia estaba completamente entregada. Lo ha repetido majaderamente en las últimas entrevistas, los conciertos de esta gira son para escuchar, para estar a lo amigo, para dejar los celulares en el bolsillo y vivir el momento, y al menos acá lo logró.

Con una minimalista puesta en escena, la sabiduría de años de circo y el estilo de un experimentado crooner, Calamaro transformó el Municipal en un amigable bar de tocatas. Vestido de impecable negro, al igual que sus músicos, carismático, sin tomarse nada muy en serio, con su pelo ensortijado y algo más pesado en su andar, marcó el pulso de toda la jornada. Con simpatía, el Andrelo se dio el tiempo de contar historias y chistes (como que se iba a llevar de gira a los animalistas que protestaban afuera porque eran su mejor público), se movió con gracia bailando como si fuera un torero medio borracho, cantó con la personalidad de siempre, jugó con el pandero y la armónica y se lució al piano en Para no olvidar, sonriendo como todo un pibe campeón.

En el repertorio se pudo encontrar de todo lo que ha pasado por la, cada vez más, aguardentosa garganta de Calamaro: Himno de mi corazón, de Los Abuelos de la Nada, 7 segundos, de Los Rodríguez, covers de Gardel, Aníbal Troilo y Benito de Jesús, y una buena selección de su carrera solista que incluyó la melancólica Rock y juventud, única muestra de Volumen 11, su más reciente disco.

Hacia el final la formalidad del ambiente se fue rompiendo y despertó la pasión de hinchada en un público que ya no pudo mantenerse en sus asientos. Todas las voces del teatro se hicieron una con Estadio Azteca, Flaca, Mi enfermedad, y Media Verónica. A esas alturas Calamaro se mostraba con la confianza del que tiene la misión cumplida y no se hizo problemas para saludar a los que se acercaron al escenario, firmar discos y recibir regalos (entre ellos una biografía de Violeta Parra). A ratos guardó largos silencios y dejó que la gente cantara pasajes enteros. Le gusta el afecto de su público al argentino, o al menos así lo demostró esa noche. Entre ovaciones se despidió y volvió 3 veces. Y así como recibió también entregó, y en un arranque de histrionismo terminó besando (tal vez más en broma que en serio) el escenario.

A sus 55 años y con 14 álbumes a cuestas, Calamaro se ve más calmado, con un cuerpo algo más pesado y una incipiente joroba (o puede que sólo era un traje excesivamente ajustado), dice que está alejado de las drogas y parece haber puesto algo de freno a su incontinencia creativa, pero mantiene la intensidad, el dominio y la versatilidad de su repertorio, la ironía, el buen humor y el no poder dejar de estar a la contra de algo o de alguien. Así es y así se mostró El Salmón en Valparaíso.

  

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