Cada 25, un encuentro en silencio

Caminata del Silencio. Plaza Victoria, Valparaíso. Fotografía: La Huacha Feminista.

Caminata del Silencio. Plaza Victoria, Valparaíso. Fotografía: La Huacha Feminista.

Por Alondra Castillo*

Desde hace un poco más de 3 años, en la ciudad de Valparaíso, las mujeres de la Colectiva La Huacha Feminista convocan a un encuentro mensual: la Caminata del Silencio. Mes a mes, de luto y con rabia visibilizan los asesinatos de mujeres que bajo el alero de la violencia machista, se perpetran en los oscuros rincones patriarcales de Chile.

El sol ya abandonó las calles del plan. El viento fresco de la tarde se cuela entre pasillos humanos, recorriendo atiborradas veredas y elevando uno que otro “volantín porteño”. A su paso despeina las cabelleras féminas que desde diversos rincones de la ciudad se aprestan a encontrarse en la plaza Victoria.

Una a una van llegando y a la distancia se reconocen, no por el sonido ni por los olores o los sabores, sino por las ropas. Negros atuendos que visten sus negros pasos, dibujando negras siluetas y que traen el último negro recuerdo: un nuevo femicidio. En instantes, el espacio ocupado en la plaza comienza a crecer y ya no es una, ni dos, ni tres… Son las suficientes para caminar y denunciar, en una nueva Caminata del Silencio, la violencia sistemática contra las mujeres. Los diálogos y las miradas de afecto dejan entrever a susurros la complicidad de sus dolores y la necesidad de acompañarse, de acompañar, de hacerse visibles, de visibilizar y dar forma y presencia a esa nueva “cuerpa” asesinada que hasta aquel día 25 había sido invisible para la ciudadanía.

Como cada mes, cuando las manillas del reloj marcan las 18.30 horas aparece el silencio sepulcral con el cual este grupo de mujeres dibuja un sendero imaginario por las calles, portando en el pecho un cartel con la silueta que devela el nombre, la edad, la ciudad y cómo fue asesinada una mujer. Una tras la otra, a paso lento, con la mirada fija, enrabiadas, inician su callada protesta. Calladas porque así yace la voz de cada víctima, calladas porque será la forma de irrumpir en la vorágine callejera, que a punta de gritos y bocinazos no repara que en este país, este mes, hay una menos.

Calle tras calle avanza la columna humana, sin pausas, rompiendo el tejido urbano, enlenteciendo el tráfico, exacerbando los ánimos de quienes, en la inconsciencia infinita, exigen respeto por sus derechos, banales derechos ante la convocatoria, pero que son incapaces de ver o simplemente no quieren ver.

Rostros de mujeres violentadas se cruzan con estas negras vestimentas y tras el hombro de quien les violenta, bajan la mirada para no desatar dudas; madres leen a sus hijos los carteles que denuncian las infinitas violencias, otras simplemente rompen la fila haciendo sordos sus oídos; jóvenes parejas se detienen y palidecen ante el horror del mal amor romántico, mientras, otras cruzan la calle para simplemente no sentirse en una vitrina. De vez en cuando se oyen palabras de apoyo susurradas al costado del silencio o se elevan tímidos gritos y aplausos de alguna mujer comerciante que desde el suelo las ve pasar. Cientos de miradas atraviesan este caminar, haciendo la pausa, la necesaria pausa.

En incólume formación van dejando sus pasos alrededor de un círculo para escuchar y hacer presente ese momento. Las palabras cargadas de realidad son las que se vierten en aquel espacio tras cada declaración leída y escrita por alguna compañera de la Colectiva la Huacha Feminista de Valparaíso. Extinguido el rito aparecen recién las propias voces, los propios cuerpos y las propias vidas, que se abrazan y acompañan en el camino a casa, porque Valparaíso de noche no es un lugar seguro y ninguna de las presentes quiere estar en la próxima caminata como una nueva silueta en esos carteles que denuncian un nuevo femicidio más.


*Fonoaudióloga, Académico UV y Activista Feminista. Participante del Taller de Escritura La Juguera Magazine.

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