Bruno Lloret y Leña, su última novela: “¿Qué temores o qué tipo de incomunicación lleva a establecer vínculos virtuales por sobre los reales?”

Han pasado pocos días desde su lanzamiento y “Leña” ya integra listas de lo mejor del 2018. Muy en la línea del libro, decidió responder por e-mail las preguntas sobre esta, su última publicación editada por Overol.

Por Diego Alonso Bravo C.

Elena Vladimira Revelievna tiene 25 años, tres meses y muchas horas en internet cuando empieza a contar su historia: vive con su tía y el perro Vostok en Siberia, pero quiere irse; conoce en la red a PANZER_DELCARMEN (Ramiro), empresario cuarentón de La Ligua; y en ese proceso pre-noviazgo que es aprender del otro, Lenia (como la conocen en su país de origen y que chilenizado suena a “Leña”) hace observaciones de lo que ve en los chilenos cuando llega a encontrarse con su pretendiente. Son ideas del tipo: “Resentidos y taciturnos chilenos, infelices y frenéticos chilenos”.

Leña habla español fluido, pero no perfecto. Y se refleja en la estética y minuciosidad del relato en el libro homónimo que protagoniza, que es la segunda novela de Bruno Lloret (Santiago, 1990).

Pasaron tres años desde que Lloret entró en la escena literaria nacional con Nancy XX. La crítica de entonces se deshizo en elogios: por ser hombre y usar una mujer como protagonista; por la originalidad de la idea, a kilómetros de la autoficción de sus contemporáneos; por las cruces (X) salvajes en el texto.

En Leña, el autor aborda las relaciones sociales en la época de la hiperconectividad, y también la definición de lo chileno, de la chilenidad, vista desde una recién llegada al país. Por e-mail (vaya ironía), Lloret desarrolla estos temas (y sin spoilers).

-¿Cómo nace la idea de Leña?

-Surge a propósito de una invitación que me hace una revista para publicar en un especial de literatura latinoamericana. Pensé en una persona desprovista de oportunidades en su lugar de origen y que tiene que buscarse una vida u otra vida en internet. La idea de una “mujer joven rusa” es total deudora de uno de los tantos sueños de los hombres de ciertos países de Europa y América. Hombres generalmente en sus cincuenta, sin relaciones o con relaciones fallidas, con algo de plata, que buscan una joven esposa por distintos motivos: satisfacción sexual y doméstica, blanquear la raza, estatus social, compañía. La relación entre Trump y su esposa es quizás un gran ejemplo de eso. Rusia, ese continente que nos ha llegado a través de traducciones, del que quizás creemos saber más de su pasado que de su presente, esa multiforme Rusia a ser recepcionada de muchas maneras, cuenta entre sus “chorezas” la idea más o menos extendida que, al igual que en el resto de los países de la antigua órbita soviética, es un lugar lleno de mujeres extremadamente blancas, extremadamente hermosas, extremadamente complacientes y extremadamente pobres, dispuestas a cualquier cosa por un par de jeans. Recuerdo una película en donde de hecho se explotaba esa idea al nivel de que con un dólar los protagonistas, un grupo de universitarios norteamericanos, viven literalmente como reyes (en el lujo del exilio de París o Suiza) durante mucho tiempo en un país que es cualquier país, un país como el de “Borat”, un lugar del que solo sabemos por alguna selección de fútbol que da la sorpresa en la fase de grupos del Mundial o por una marginal noticia vinculada a alguna guerra civil o masacre étnica. Fue a partir de este fantasma o fantasía sobre la mezcla de ayuda humanitaria y favor sexual que es posible realizar en ciertos lugares de Rusia que se me hizo clara la ruta a seguir con la historia. La pregunta siguiente era: ¿quiénes son esos usuarios de internet? ¿Qué buscan? ¿Qué busca la misma protagonista en ese lugar?

-Es la segunda vez que usas una mujer narradora. ¿Por qué? ¿Cuáles son los desafíos que encontraste en el proceso, los lugares por los que no querías ni debías pasar?

-Más que fuese una mujer narradora, la idea surgió en torno al internet como vía de escape o vía de sometimiento global a través de un dinero intangible.
Dentro de ese interés la idea de que fuese una mujer rusa fue casi una consecuencia natural, está todo ahí, cosa de buscar páginas de citas o ver Youtube. Internet puede ser, entre todas las cosas que puede ser, un lugar para soñar y buscar vínculos que tu espacio vital/real te ha negado. ¿Por qué un hombre de Newcastle decide ir a por la dulzura de una joven rusa desesperada, en vez de darse una vuelta por su barrio? ¿Qué temores o qué tipo de incomunicación lleva a establecer vínculos virtuales por sobre los reales? Lo siguiente fue zanjar el asunto de lo impostergable, y ahí surgió la necesidad de que fuese una mujer: una de las premisas que plantea la novela como condición inicial, el tener que irse sí o sí, lo antes posible, de tu lugar, de tu hogar. ¿Cuáles son los móviles? Me espantaba la idea de ficcionar una guerra en Siberia. El internet y el estar vieja para casarse, por otra parte, eran una combinación interesante. Propone soluciones vitales para una ficción mucho más plásticas y menos obvias (y menos arriesgadas) que una guerra. Se aborda un tipo de desplazado no tan evidente.

-La historia la cuenta una siberiana que pasa por Chile. Elena logra retratar cierta parte de la sociedad. ¿Era ese uno de tus objetivos? Si no ¿cuáles?

-No me interesa retratar ninguna parte de la sociedad, en parte porque creo que en Chile ha primado o se ha instalado un esquema muy raro de lo que integra Chile, como la idea de clase media. Todos nos sentimos clase media, pero ¿Qué es eso? ¿Vivimos efectivamente en un bienestar gracias al crédito? ¿Se puede afirmar que este temporal bienestar vale la pena? ¿Por qué nadie habla de nacionalizar el cobre o el litio? ¿A qué le tenemos miedo? ¿Qué revolución va a llevar adelante el Frente Amplio? Sí me interesaba que Leña cruzara tagencialmente una parte de Chile, la zona central, que me parece el corazón desde donde se terminó de construir Chile en base a las guerras. Lo que llamo el “Chile bíblico”. Es una novela chilena porque la escribí en Chile, sabiendo que se iba a publicar en Chile, y que está dirigida principalmente a la chilenidad. Ahora, esto es tramposo. ¿Qué es la chilenidad? ¿Qué es lo chileno? Creo que es lo que busca instalar como reflexión, la novela. La idea era contemplar lo que se cree es “propio” a partir de un “otro” que también se cree “sabido” (lo “ruso”, todos opinamos sobre lo ruso) para poder remover o ver con algo de distancia lo que verdaderamente nos podría constituir como chilenos. Por otro lado igual no importa mucho. Creo que los prejuicios se aplican o se prueban donde las papas queman, y por más que uno se afirme o afirme de sí mismo como progresista (anti-racista, no-clasista, no-sexista) por más lo que puedas llegar a decir, los miedos afloran en momentos de “peligro”. Ahí cada cual ve hasta dónde se puede aplicar su “progresismo”. Y ahí es donde debiese operar la verdadera observación, no en una novela.

-Es imposible no tener en cuenta el tema migrante, no solo por la narradora, sino también porque aparecen haitianos que la ayudan. ¿Influyó que en Chile la inmigración sea un tema ya de años? ¿De qué forma?

-Influye en la medida en que la proyección del “Chile del futuro” con la que se nos ha tenido diezmados o conformes con esta continuación pactada de la Dictadura opera como todos los estereotipos o “enemigos fantasmas”, es decir a través de construcciones de vertederos de todo lo que no queremos. Lo típico: vienen a robarnos los puestos de trabajo pero son flojos y alcohólicos. Esto pasó antes con los peruanos, y antes con los mismos mapuches, y antes con los “rotos”. Es cosa de fijarse en qué tipo de personajes se cultivaron como “comedia” en Chile. Y claro, habría que preguntarse quiénes son los que también habilitan esos puestos de trabajo. ¿Son los empleadores también venidos de Haití? ¿Por qué es más fácil descargar la frustración y el odio hacia una realidad que parece indescifrable, confusa y agresiva, con desplazados y migrantes, que con el conjunto de conglomerados que ha construido sistemáticamente, pactadamente, una sociedad des-sindicalizada, des-barrializada, enclaustrada en la familia como mónada o corpúsculo que encierra la promesa de la movilidad social? ¿Eso era la “alegría” acaso, la movilidad social? ¿Y qué pasa con otro tipo de migrantes? ¿Por qué nadie pide deportar o retornar a los españoles y argentinos que han ido repletando Providencia? ¿Por qué se acepta de manera natural? ¿Qué tienen ellos que aportar a priori que no valoramos en gente venida de otros lugares? Evidentemente se sigue con una extraña mezcla de racismo y clasismo. La novela juega con eso también, con un personaje que se convierte en el centro del deseo de un padre de familia y que llega, cae, de lleno, en el centro de una familia encerrada en su propio estar. Sería triste pensar a Ramiro y su familia como una representación o alegoría o lo que fuese de la “familia chilena”, porque no es ni la intención ni creo que va por ahí el asunto. Es mucho más sutil. La pregunta acá es qué tipo de impresiones se construyen, y a partir de qué elementos se construyen, cuando visitas un lugar que te parece extraño.

 

Leña (2018)
Bruno Lloret (Santiago, 1990)
Editorial Overol
148 páginas

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