Autoficciones: la realidad como vehículo de expresión

Por Marcela Kupfer

Un registro tan diverso como las historias y visiones personales de quienes lo inspiraron es el que reúne el libro Autoficciones, recopilación de trabajos del taller de escritura impartido por la periodista Alejandro Delgado.

Hay un grupo importante de textos que tiene que ver con definiciones personales, con huellas e hitos que marcan el carácter y buscan identificar, atrapar, ese ser siempre elusivo que es uno mismo. La memoria, y en particular las memorias de infancia, juventud, o de tiempos pasados, remotos o cercanos, son elementos fundamentales en esta búsqueda intuitiva del ser y, tal como la vida misma, están llenos de contradicciones, contraluces y hasta contrapuntos entre lo vivido y lo imaginado, el pasado y el futuro, lo que es y lo que uno quiere ser, o al menos proyectar. En este contexto, Javier Martínez reflexiona sobre su ser próximo (no el cercano, sino el que está por venir), en el cuento “Futuro”, donde el ejercicio de descubrimiento está centrado en los contrapuntos del pasado: “Todo parece inverosímil desde la distancia: los colores, las caras, las sensaciones, los olores… en fin, los recuerdos”, dice Javier, dando cuenta del ejercicio permanente de reescritura que permite el oficio del escritor. Las contradicciones que contiene su “infancia eterna” están expuestas desde el principio: “Mi madre dice que una noche tranquila la que yo nací, corría un viento suave de primavera de noviembre. También me contó que a pesar de ser primeriza nunca sintió miedo. Mi padre debe pensar precisamente lo contrario”. Y tras recorrer otros pasadizos de la memoria, concluye: “Miro hacia atrás con tranquilidad, pero sólo como quien ojea su historia favorita, porque lo que realmente me mueve es el futuro, ese lugar que imagino y pienso, ese donde la retórica sea la verdadera revolución”.

El viaje es otro elemento que aparece como un faro en la búsqueda de estas definiciones personales. Así lo expresa Nelson Quiroz en el relato titulado precisamente “La vida es un viaje”, donde la descripción de una travesía exhaustiva, física y existencial, se establece como contrapunto de la verdadera pretensión del narrador: encontrar un punto quieto donde sentirse a gusto: “Ahora, ya adulto, bien adulto, sigo con mi viaje permanente. Quiero encontrar el camino, quiero dejar una ruta, fundar una parada y no seguir viajando por el mundo sin encontrar un destino final”.

Paula Lisboa, en “Sutura y cicatriz”, y Carolina Torres, en “Cicatriz”, exploran el mapa de sus existencias actuales a través de las huellas que han dejado ciertos acontecimientos en sus cuerpos. La cicatriz es una metáfora de los acontecimientos definitorios que han ido conformando su personalidad, con diversos grados de aceptación. Para ninguna de las autoras, las cicatrices representan tabúes o motivo de vergüenza; por el contrario, y a diferencia de la herida supurante, que sigo doliendo y generando conflicto, para ellas las cicatrices son marcas distintivas, que las explican y proyectan, para bien o para mal. Dicho de otro modo, para llegar hay ellas hay que recorrer sus cicatrices. “A todas partes donde voy la gente suele hablar de sus cicatrices. Muchas veces las mencionan en voz baja, pero siempre están ahí. Las puedo notar sin que se den cuenta, como un pequeño zumbido incesante de ánimos desesperados. Los compadezco en silencio por no aprender a unir las partes que hacen de las cicatrices un paisaje inerte”, escribe Carolina Torres.

La ciudad y la vida en la urbe constituyen otro momento importante en la creación de estas autoficciones. Esta estrategia, si bien toma distancia de la intimidad más cruda del escritor, desplaza el punto de vista personal hacia el entorno y fija la mirada en lo que el hablante captura del hábitat urbano que lo acoge (en este caso, mayormente Valparaíso). Así, la ciudad se convierte en una proyección del yo, toda vez que la compleja vida de la urbe se sintetiza e identifica en los delicados cuadros captados por la retina del autor. En “Desde la sombra”, Florencia González describe un paseo cotidiano por la avenida Libertad y una sencilla conversación con una vendedora de café en la plaza de Viña. Es precisamente a través de las palabras de esta mujer, un personaje más en la ciudad, que la autora expresa una mirada particular de la urbe. Mucho más lejos, en el hemisferio norte, en la siempre convulsionada Ciudad de México, Alberto Mercado traza la historia de un amigo extraviado en la gigantesca urbe que por momentos se asemeja a una selva. Mercado corre el cerco un poco más, contando la historia a través de la anécdota que le ha ocurrido a un amigo perdido en la noche mexicana. Pero este doble desplazamiento (la descripción de una ciudad peligrosamente viva y cautivante, y luego la aventura del amigo extraviado), sirven de vehículo para echar luces acerca de su propio lugar en el mundo. Carlos Otazo traza una descripción muy viva de las calles porteñas en “Lleve de lo bueno, le vendo lo que quiera”, donde reflexiona sobre el comercio ambulante que copa las veredas, pero también acerca de ciertos aprendizajes sobre la vida que sólo se dan en la calle. Finalmente, Sol Gallardo describe la extrañeza del visitante en una ciudad tan particular como Valparaíso en “Subiendo hacia la ex Cárcela”. Escribe: “Para visitar la ex cárcel partiría pidiendo indicaciones para llegar a calle Bellavista. Los porteños te dirán cosas como: es ahí donde está el supermercado Lider, o queda frente a la intendencia, donde hay una feria artesanal, o está cerca de la subida ecuador. Y calro, todos tienen razón, por lo tanto notarás que no es tan difícil, sobre todo si tomas alguna micro y al pagar le dices al chofer: local, por favor, ¿me avisa en Bellavista?”.

Finalmente, dentro de este grupo de textos relata una fuente que tiene que ver, aparentemente, con lo más alejado que podamos concebir de la autoficción: aquí surgen la realidad objetiva, el exterior, la no ficción como género. No dejan de ser sorprendentes las entrevistas a una artista noise y a un locutor que es un activista de los árboles, así como el texto de Alondra Castillo que, en un formato más cercano a la crónica, describe una de las Caminatas del Silencio. Pero aunque parezcan textos más alejados del autor, lo cierto es que también es posible leerlos como proyecciones de sus propias miradas. La realidad se transforma para ellos en un vehículo de expresión o de denuncia, donde la voz del autor se cuela a través de las preguntas, los silencios y las visiones.

 

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