Artivismo: Con arte, en la calle, también se puede protestar

 

VALPARAISO 31 de octubre 2019. Marcha por nuestrxs muertxs. Fotografía: EQUIPO RIVAL.

 

Por Victoria Pinto

Foto portada: Equipo Rival 

7 noviembre 2019

En estos tiempos revueltos e incluso antes del “despertar” de Chile, esta pregunta me carcomía la cabeza. Pensaba en cómo el teatro del oprimido interactuaba con comunidades, cómo las artes plásticas y la fotografía plasman la historia, cómo el cine documentaba sus acciones, cómo la performance incitaba a reaccionar. 

En el fondo de mi corazón, sé que el grueso de expresiones de arte contemporáneo, tan cerradas y devotas a sus círculos, con sus textos rimbombantes y redundantes, es tedioso o incomprensible para las personas-no-académicas. Incluso, aquel que pretende ser más insurrecto y contestatario se vuelve parte del sistema de ventas y clicks de medios hegemónicos. 

Pero en algún momento este escenario cambió brevemente. 

La primera vez que escuché sobre la idea del “artivismo” fue en 2018, en una clase de crítica de arte. Un profesor nos comentaba sobre los estudios internacionales que refieren al movimiento estudiantil del 2011 bajo el nombre de este concepto: Arte político explícito. 

Claro, ¿qué arte no es político? Tal largo debate no lleva a ningún puerto concreto, pero si re dirigimos la pregunta a  ¿cuándo el arte político ha congregado a tantas personas?, se abre el debate.

Durante los 8 años previos a esta primavera nacional, hemos visto cientos de protestas pidiendo cambios en un sin fin de materias como las pensiones, educación, salud, vivienda, infancia, corrupción, protección de ecosistemas naturales, y la lista sigue. Sin embargo, las marchas eran de pequeña convocatoria, los petitorios no eran de conocimiento popular, sus representantes, generalmente, desconocidos. 

Si sumamos el nulo interés de la prensa en visibilizar las demandas, se volvió recurrente  escuchar en las calles “Chile no tiene memoria”, “Chile no va a cambiar”, o incluso comentarios más nefastos como “Las marchas solo son para hacer destrozos”.

En el 2011, nuestra gran inquietud como secundaries movilizades era invitar a personas a participar. El gran obstáculo era el cerco mediático. Debíamos mostrar que éramos un movimiento mucho más pacífico que las imágenes televisivas.

En Santiago, que era el punto central y visible -para variar- del movimiento, encontraron la forma por medio de expresiones artístico-culturales. Bailando Thriller, con Lady Gaga de fondo,  con superhéroes y villanos, incluso la simulación de un suicidio masivo.  Con esas intervenciones, familias enteras se sumaban a las calles. 

¿Qué pasó entonces, entre el 2011 y 2019? 

Es comprensible que los movimientos se mantuvieran en sus círculos, evitando la mala fama que fácilmente hacen los medios, evitando la cooptación partidista, estudiando sus propuestas.

Es comprensible que el arte de Chile, incluso el más contestatario, se vuelva parte del sistema. Si hasta lxs aristxs han tenido sus demandas y reclamos contra el neo-liberalismo. Sin pensiones, sin contratos, es difícil vivir del arte. Aunque más de alguna manifestación salió, sin pena ni gloria, por las calles.  – o más bien sin prensa ni registro- 

Hace 30 años que la indignación se come con pan en este país. Sin duda vivimos mejor que nuestros abuelxs, pero los peces gordos se han vuelto obesos luego de explotar nuestro trabajo, juntando monedas para los remedios, la depresión y el corazón. Agradeciendo que estamos mejor que en la UP, que no hay tantos muertos como en el 73, esperando que alguna vez vuelvan a pasar 7 lucas por algún perdonazo. Es comprensible que en octubre, casi la totalidad de regiones reaccionarian en furia y personas quisieran quemar todo.

Y aquí me detengo en una escena, cercana al 23 de octubre. Calle Condell cerrada. En el edificio consistorial de la Municipalidad, chaquetas amarillas gritaban buscando al alcalde. Una señora que tenía un local en Valpo comenta con rabia y pena:  “Estoy cansada de ver como milicos y carabineros abren la puerta a saqueadores. Los políticos, por darle la guerra al pendejo de acá (Sharp) y no pensó en los residente, en el pueblo. A mi no me vienen con cuentos, porque yo lo vi”. 

¿Y qué tiene que ver el artivismo con esto? Pues simple. Con un baile de 500 personas era fácil entender cuando nos llamábamos “pueblo”. Un baile invita a participar. ¿Estabas en la manifestación bailando, riendo, debatiendo, conversando en un encuentro con música? ¿Estabas hablando con tus familia, probablemente endeudada, tomando onces, viendo la intervención en la tele? Entonces eras pueblo. El resto era la mafia coludida. 

En este estallido de rabia (2019), más de alguien se asustó al ver a los militares (o adolescentes) con armas en las calles, más de alguien defendió al carabinero golpeado, más de alguien apuntó al congreso y otre, en respuesta, apuntó a la persona en la calle, o con capucha, o con niños, o con una caja sacada del super abierto. Más de alguien golpeó a otra persona en las manifestaciones. ¿Contra quién estamos? ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos, cuándo y cómo? 

 

El 31 de octubre, luego de tres semanas de un país “despierto”, volví a tener esa sensación de llamarnos pueblo. 

En la tarde se realizaron intervenciones callejeras. Una marcha fúnebre seguida de una larga hilera que guardaba pañuelos, de la Coordinadora de Acción Cultural de Valparaíso. No se escucharon los clásicos gritos, sino que las personas miraban y comentaban.

Luego, fuera de El Mercurio de Valparaíso, una intervención de cuerpos negros siguieron la marcha, pasando por diversos puntos como Plaza Aníbal Pinto, Bellavista, Sotomayor. Puntos que cargan con cientos de muertes.

Las personas se sumaron con velas a esta larga marcha sin los clásicos gritos. Fue íntimo, fue público, fue cercano e increíblemente numeroso. Fue hermoso. 

 

#31Oct parte 2 from TantoPorHacer on Vimeo.

El arte no es la respuesta a todo. Lo sé. Pero escuchar a tantas personas comentar al día siguiente las intervenciones, por sobre los saqueos, por sobre el cansancio, por sobre carabineros, me da la sensación que es mejor invitación a participar que una sospechosa barricada -¿de civiles, de carabineros o de ingenuos militantes?- 

Quizás el arte no debe pretender ser contestatario por medio de sofisticados montajes, con lenguaje académico y grandes pretensiones. Quizás deba no pretender nada más que habitar los cuerpos, habitar lo público, hacer de ese habitar una acción sencilla, una acción que te detenga en la calle y te deje en silencio tanto tiempo que al hablar, solo nos haga decir la palabra precisa para sumar al cambio.

Puede ser que con más acciones de este tipo, los grandes medios se queden sin imágenes de violencia. Que las familias no tengan que pasar a diario por el olor de la lacrimógena. Que los círculos de movimientos sociales que se han movido todos estos años, se abran y cobre fuerza un cambio aunado. Tal vez más personas quieran ir a sus JJVV, a sus asambleas, a sus cabildos.

Quizás, con acciones de este tipo, nos miremos más las caras, nos escuchemos, nos reconozcamos y riamos. 

Puede sonar ingenuo o soñador, pero apuesto que escuchar “El derecho de vivir en paz” en la calle removió un sueño en ti. 

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