Accidental: el devenir rotundo que transforma los cuerpos

Por Hilda Pabst

Desde códigos de movimiento que no se adscriben a los estatutos de eso que podríamos llamar danza, la propuesta de Accidental nos sitúa desde el inicio en una cierta incomodidad, un desasosiego de unos cuerpos atravesados constantemente por algo que huele a desgarro, por una corriente de energía telúrica tal vez, una emoción subterránea. En simultáneo, los bits de electrodark que componen la atmósfera, colaboran para sostener el transitorio (des)equilibrio que recorren los cuatro cuerpos en su periplo hacia y desde encuentros inefables.

Algo se rompió en alguna parte, no sabemos dónde ni cómo, una fractura que sólo vislumbramos en el claroscuro de la realidad escénica, un pequeño desastre del que intuimos, como a ciegas, las esquirlas del dolor. Los cuerpos son la evidencia y están ahí para transitar ese devenir posible, que los transforma en cada respiración. Presenciamos el arrebato, la desintegración, la integración, el arrojo hacia los otros, el desafío de estar y permanecer desde lo más verdadero que nos proporciona la humanidad que somos: el cuerpo como laboratorio de la vida.

La creadora, Vanessa, (Pita) Torres abre un abanico de preguntas, entre las cuales una resulta crucial en su reflexión en torno a la corporalidad atravesada por un suceso inesperado “¿qué hay en nuestras mínimas distancias?”. La materia prima de la creación es siempre lo que late en el pulso de la vida. La muerte de su hermana en un accidente gatilla un proceso de búsqueda escénica que desde la adecuada nomenclatura del contact impro, despliega un universo corporal y emotivo trémulo y febril.

Es interesante en esta propuesta, donde no sabemos si cabe hablar de un orden coreográfico, que los cuerpos-intérpretes si responden a una suerte de flujo u organigrama kinestésico y se expresan desde cualidades de movimiento que  nos llevan a pensar en bordes, límites a la resistencia y a la capacidad de aguantar la sacudida, por ponerlo de algún modo.

Nada transcurre en la distancia ni en la neutralidad. El accidente es permanente. Es una fuerza de reacción que obliga a la acción con el otro, ese que está cerca o lejos: “es una proeza de cuerpos” como lo plantea Vanessa en sus cavilaciones. Su experiencia de la pérdida es el punto de arranque. Y su búsqueda arroja esta pieza que se instala con pulcra honestidad en el espacio escénico. No hace falta la materia escenográfica. El pulso sonoro de los bits y la iluminación desprovista de pretensiones barrocas se articulan armónicamente, poniendo lo suyo donde lo pide esa especie de cuerpo colectivo en que se convierten los intérpretes.

Vale la pena estar ahí y sentir el cuerpo estremecerse. Al menos para aquellos que saben que tienen un cuerpo.

 

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