Ábreme la puerta

Golpes decididos a la puerta y un “Gorda, ábreme” entre tierno y enérgico.

Golpes decididos a la puerta y un “Gorda, ábreme” entre tierno y enérgico.

Un cuento inédito.

Para ser sincero, estaba muerto de sueño esa noche, pero no quería ser el primero en ir a dormir. La Flaca trabajaba y trabajaba sentada a la mesa y parecía que no pensaba en acostarse luego. Yo estaba bostezando frente al televisor, medio resfriado y medio dormido. Y hacía varias horas que entre ella y yo sólo cruzábamos monosílabos.

Nos habíamos enojado el uno con el otro tomando un café varias horas antes. Era ése un momento grato. Yo le había comprado un enorme helado a la chicoca. Estábamos hablando y soñando en voz alta con nuestros nuevos proyectos. Ella sacó algo de su cartera. Entonces noté que tenía cosas importantes en papeles sueltos escritos dentro de ese bolso desordenado y le sugerí que mejor anotaba todo eso en algún cuaderno. No me pescó, no me hizo caso ninguno, y siguió hablando. Me carga cuando la Flaca se pone tan mina, no es capaz de seguir lineal un asunto. Era simple, sólo comprometerse a ordenar ese caos. Pero a ella le da por defender lo indefendible y es incapaz de asumir su desorden permanente. Y le encanta decir la última palabra. Así que contestó cada vez más pesada. Y se acabó la buena onda.

Después nos fuimos a la casa y ella se quedó dormida durante el trayecto. Durmió entregada al sueño. Y cuando despertó, quiso aclarar las cosas y explicarlas según su criterio. No se lo permití. Le encanta plantear todo como si yo fuera el desconsiderado y el culpable siempre. Así que el diálogo no prosperó y continuamos sólo con monosílabos.

Y el ambiente se vuelve insoportable en esos casos. Porque, por ejemplo, si vamos a preparar once, el departamento como que nos queda chico, el pasillo, la cocina. Como que nos estorbamos y a cada rato tenemos que esquivarnos. Claro, cuando las cosas no están así, si nos topamos, yo le doy un beso en sus rulos o ella me mima a mí. Pero el enojo nos convierte en adversarios. Y ya llegaba la hora de acostarse. Y eso sí que resulta insoportable. Tenderse el uno junto a la otra, a mucha distancia, tratar de no rozarse si es posible. Y esperar a ver si ella me extiende la mano, si aproxima su cuerpo al mío, si espera a que yo me acerque, a que yo la acerque hacia mí. Pero la Flaca me la hizo fácil y de repente decidió que no trabajaría más, ya eran cerca de la medianoche, y se fue a acostar, apagó la luz y juntó la puerta de nuestra pieza.

Al rato fue que empezó el bullicio en el departamento de enfrente. Golpes decididos a la puerta y un “Gorda, ábreme” entre tierno y enérgico. Me asomé por el ojo mágico y ahí estaba el vecino que había llegado unos meses atrás. Los golpes se fueron haciendo más violentos y nadie, ninguna mujer, ni gorda ni flaca, abría la puerta. El hombre entonces se decidió a empujar con el hombro y medio cuerpo y, a intervalos amenazaba “Gorda, mira que la tiro abajo”. Pero de su gorda, nada.

Me empecé a preocupar cuando vi que mi vecino optaba por dar puntapiés a la altura de la chapa. Decidí que era hora de llamar a Carabineros, aunque ellos nunca llegan cuando se los necesita. Pensaba en eso, asomando un ojo por ese agujerito cuando la cabeza de pelo negro cubrió mi visual. El vecino tomaba impulso para patear con fuerza y lograba vencer la resistencia de la chapa. Vi cómo cedió la puerta y cómo el vecino entraba a su departamento y el pasillo de esa vivienda que se hacía infinito.

¿Dónde estaría la mujer, su gorda? La mía salía entre dormida y desconcertada de la pieza, en pijama, con el chaleco largo que se pone para dormir en invierno y las pantuflas mías con las que anda arrastrando los pies. ¿Qué pasa?, me preguntó y no “¿qué pasa, negro?” o “¿qué pasa, flaco?”. Verdad que aún estábamos enojados. Le expliqué, mientras me dirigía al teléfono para llamar a carabineros. Pero sonaba ocupado. Intentamos ambos en varias numeraciones y marcaba sin que nadie contestara. Fuimos alternado los turnos de observación y llamada. En una de ésas a mí me tocó ver el mayor alboroto. Llegaba otro hombre y mi vecino le preguntaba: “¿Y voh’, huevón, no sabíai que ella era casada?”. Y lo hizo entrar de un tirón al departamento y cerraron la puerta maltrecha. Pero al rato salieron y se dieron a combo limpio. Creo que la Flaca se estaba asustando mucho a esas alturas y por fin logramos, logré yo comunicarme con Carabineros y expliqué todo el caso. Así que no supe quién ganó la pelea a combos. Pero yo creo que mi vecino, que era corpulento y todo, no tuvo en eso mucho éxito tampoco, porque lo último que vi es que el “otro” se defendía de lo más bien. Cuando me asomé, siempre por el ojo mágico, la puerta estaba de nuevo cerrada.

Nos quedamos la Flaca y yo esperando, sin saber qué hacer. Todo se hacía más sórdido porque los vecinos de abajo tenían una de sus típicas y ruidosas fiestas de risotadas y portazos. Se podían estar matando arriba y los de abajo como si todo fuera parte de la celebración. Y a lo mejor era así. Al rato y como de milagro, llegó un carabinero. Esta vez la Flaca tuvo la oportunidad de fisgonear a través del pequeño lente. Y me contaba que el oficial le preguntaba al vecino por la puerta y éste contestaba que él la había roto porque había tenido un problema con su mujer. Pidió hablar con la mujer y cerraron la puerta maltrecha de nuevo.

La Flaca se fue a acostar primero. Yo fui a los minutos. De pronto, todo se volvió silencio. Lo último que vi antes de dirigirme a mi cama, fue que el carabinero salía, pedía algo por celular, bajaba y volvía. Nada más. Acostado en mi cama, estiré el brazo para abrazar a mi Flaca. ¡Qué tontera! Cuando es tan rico abrazarse y dormir acurrucados. Menos mal que mi Flaca sí me abrió su puerta y se acurrucó de inmediato.

Patricia Péndola es profesora de Castellano y ha participado en el taller literario de Pía Barros; ha sido publicada en Francia en la Antología “Un puente por encima del Atlántico: Poetas de hoy en Argentina y Chile”, 2012, compilado por Françoise Laly.

Comenta desde Facebook

Comentarios