A propósito del Parque Cultural de Valparaíso: De la zancadilla al botín

Por Pedro Sepúlveda

“… El problema de base, tanto en su origen como en la ciudad donde se desarrolla, supera cualquier administrador, venga de donde venga (…). No es un problema de personas es un problema de la sociedad local”.

Con estas palabras del arquitecto Ignacio Saavedra finaliza La Zancadilla, uno de los 11 capítulos de la serie documental Valparaíso Inamible – realizado por dereojo comunicaciones– que retrata el proceso de instalación del Parque Cultural de Valparaíso (PCdV).

Saavedra es uno de los derrotados de la experiencia Ex Cárcel. Fue uno de los primeros en invertir trabajo, recursos, gestión y desarrollo del espacio, para terminar literalmente expulsado por el fuego. Las ansias de poder, la incapacidad de organización interna y la implantación de un discurso ficticio de autonomía popular por parte de los ocupantes, redujo a cenizas su trabajo de investigación lumínica conocido como Optiko. No le quedó otra que marcharse.

El proceso de instalación de lo que ahora se denomina PCdV ha sido y será un camino complejo, duro, lleno de tropiezos. En él se ven reflejadas todas las necesidades de una ciudad carenciada como Valparaíso, donde el lugar que representa se convierte en objeto de deseo, ya sea para visibilizar un trabajo artístico, como plataforma política o simplemente como refugio económico. Como bien dice Saavedra “la sociedad local no lo resiste”.

En este sentido, darle forma a este espacio requiere de una orgánica extremadamente sensata, que pueda proyectar y administrar como un jardín japonés toda su vegetación. Donde cada flor, cada camino y cada isla estén perfectamente podados y regados. Eso claramente no ha ocurrido hasta ahora.

El primer error en la última etapa del PCdV fue la negociación para la constitución de su directorio. O sea, su origen. La ex ministra de Cultura, Claudia Barattini, no tuvo la habilidad política necesaria para compensar de manera equilibrada las cuotas de poder en el directorio. En un proceso que había sido conducido por el CNCA, le impusieron 3 representantes de la Intendencia con la promesa de inyección de recursos desde el Gobierno Regional, y el Consejo Nacional de la Cultura quedó reducido a un único puesto en la presidencia del mismo.

La paradoja es que todavía hoy el CNCA financia todo el presupuesto del PCdV, mientras la Intendencia continúa sobre-representada y sin aportar más que con la “gestión” de sus operadores políticos en el directorio. Por otro lado, la Municipalidad de Valparaíso y el Consejo de Rectores se incorporaron con 1 representante cada uno.

En contraparte, tenemos a las Organizaciones Ciudadanas representadas en 3 puestos que surgen de una asamblea convocada públicamente. La representación de organizaciones dentro del directorio es lo que diferencia al PCdV del resto de centros culturales en el país.

Es este directorio el que no ha sabido cuidar nuestro jardín japonés. La elección de Jorge Coulon reflejó el primer quiebre de criterio. Ninguna de las organizaciones ciudadanas voto por el músico y dejaron de manifiesto el lobby ejercido para que se votara por él. Finalmente, en la correlación de fuerzas ganó una mirada generacional que veía a Coulon como el indicado para dirigir la nueva etapa.

Sin embargo, era evidente que Coulon ocuparía su puesto como plataforma política: ya tenía una experiencia electoral como candidato fallida; nunca le interesó la pega. El Intillimani dejó la dirección acéfala y obligó a un directorio miope, cuoteado y con diferentes perspectivas, salir a socorrer a una administración endeudada y sin proyecto, cuyo propósito nunca se reflejó porque en realidad no lo tenía. Digo, un criterio, un carácter y una dirección clara.

“Abrir el parque a la comunidad” no es un proyecto en sí mismo. La comunidad es el PCdV.  Aumentar el número de visitantes, tampoco lo es. Tener el lugar lleno de actividades, menos. Un proyecto es un concepto, una propuesta que debe arriesgar, y no hubo el mínimo riesgo; apenas se logró administrar una parrilla de actividades. El directorio, o una parte de él, no sopesó el interés final de Coulon y no tuvo la voluntad de revisar críticamente su trabajo. Finalmente, lo mas riesgoso de su gestión fue tenerlo a cargo de la dirección del PCdV.

Ahora el botín

El directorio abre un concurso para elegir a nuestro nuevo jardinero -porque Coulon deja botado el Parque-. Aquí de nuevo la zancadillaEs necesario resolver el no-proyecto de Coulon y sus consecuencias administrativas y financieras. En este escenario nuestro jardín japonés se llena de interesados en cuidarlo. Cómo no, si es un lindo lugar. Cristián Venegas habla de botín en su columna en El Martutino y sí, evidentemente es un botín. Siempre lo ha sido. Su construcción original como polvorín nunca usado es la mejor metáfora. Las armas y la pólvora nunca se instalaron. Solo se instaló el deseo.

Entonces se requiere de una jugada de salvataje, una jugada eficaz. Alguien que venga a resolver el entuerto desde una experiencia institucionalizada, que conozca el escenario desde adentro, que maneje sus códigos, y quién mejor que Nélida Pozo. Su capacidad de trabajo, vínculos con los agentes culturales y conocimiento en gestión pública no están en duda. Pero esa jugada resultó absolutamente anti-estética, por decir lo menos.

Acá al parecer ya no valían los créditos de una afuerina de apellido escocés con la mejor entrevista y el mejor puntaje en la selección; Jennifer McColl se salvó de un atado. Acá es necesario ordenar la casa, se necesita experiencia en gestión de recursos humanos. Entonces, algo huele mal. Algo pasa dentro que requiere de un experto en emergencias.

Nélida Pozo cruza el umbral. Se ofrece y postula sin hacer el mínimo control de daños. Al final ella es la más dañada. Y a estas alturas me imagino que lo sabe. No debe ser grato.

Por su parte, el directorio del PCdV dividido no logra acuerdo, y en un 5 contra 4 prende fuego a otro incendio. No como el que destruyó el trabajo de Optiko, pero quizás igual de feroz. Por un lado, los representantes del CNCA, la Intendencia y el Consejo de Rectores (5), y por otro las organizaciones ciudadanas apoyadas por la Municipalidad (4).

Acá no importa Nélida Pozo, Jennifer McColl, Jorge Coulon ni Justo Mellado. Acá lo que importa es el directorio, la capacidad de sus miembros. Su criterio, destreza y probidad.

Acá está el verdadero botín, el de los operadores políticos que no piensan en el bien común, pero la ciudad ya no los resiste más. Así lo indicó la elección de Sharp y la recién pasada. El directorio no ha dado el ancho. Son ellos, o parte de ellos, los convocados a dar explicaciones. Explicaciones que seguramente nunca darán.

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