«80 días»: Viaje malogrado al infierno santiaguino

Por Ana María Solaris.

80-dc3adas80 días se plantea primero como un libro anónimo de imágenes y textos; sólo en las últimas páginas sabemos que se trata de un trabajo colectivo donde se reúnen prosas de Jaime Pinos e imágenes a color del fotógrafo Alexis Díaz, conformando un bello libro objeto; además, el libro tiene su propio “soundtrack”, obra de Carlos Silva, disponible en www.80dias.cl. El origen del proyecto, descrito poéticamente en la contraportada, se encuentra en una caminata urbana de ochenta días –un epígrafe y dos viñetas de comic hacen intertexto con La vuelta al mundo en ochenta días de Jules Verne– realizada por el equipo creativo. No se trata, eso sí, de un paseo turístico; el lector accede a la bitácora de una verdadera bajada a los infiernos: la ciudad, llamada Santiago, se encuentra devastada por el más salvaje neoliberalismo, donde campea la negligencia patrimonial y la alienación producida por un infame sistema de transporte, por la explotación laboral y la estupidez y paranoia de los medios de comunicación; todo esto urdido por un Estado corrupto al servicio del mercado.

El enorme potencial crítico de este reporte, sin embargo, se ve obstruido por una serie de desaciertos formales. En primer lugar, resulta majadera cierta tendencia a explicitar y conceptualizar las temáticas con una jerga académica cliché, de impronta posestructuralista. Me refiero a fórmulas como “Deriva del cuerpo y la escritura”, “modernidad periférica”, “escenografía del pánico”, “geometría aleatoria”, “desplazamientos del habitar”, etc. También es recurrente la no menos manida jerga de tradición marxista que incluye términos como “principio de la competencia”, “sistema productivo”, “política de Estado”, “Lucha de clases”, así como un juego intertextual casi siempre innecesario: “Vidas mínimas y vidas ejemplares”, “Discursos amorosos. Secretos de familia”, “…se suceden los trabajos y los días”, etc. La confiada utilización de estos lenguajes –pertinentes para la discusión teórica−, en lugar de ampliar los significados del texto, los disminuye y opaca.

Y cuando 80 días alcanza cierto vuelo poético, lo hace gracias a un fraseo que le debe demasiado al Lihn de A partir de Manhattan, específicamente a poemas como “El vaciadero”, “La casa del Ello” o la trilogía del subway. Pero, al contrario de lo que ocurre en la poesía de Lihn, cuyo afán crítico se sustenta en la sugerencia y la dislocación irónica de lugares comunes, aquí la crítica social siempre se le da al lector en bandeja y sin la menor distancia irónica: “Cada cual en su túnel, apartados, desconocidos y meramente casuales compañeros de viaje, pasajeros hacia sus respectivos destinos entre una y otra oscuridad”, o “Sex appeal de las cosas bajo la luz de los focos. Cámara resplandeciente en cuyo interior todo tiene su precio”.

Estos procedimientos no consiguen efectuar ningún aporte, por el contrario, socaban insistentemente la efectividad poética y política del texto, a ratos el mero catálogo de unas injusticias sociales de sobra conocidas, dramáticas en sí mismas, pero carentes en la escritura de un lenguaje que renueve el asombro y, más importante aún, la actitud frente a ellas. Como se diría en un taller literario, el texto comete el error básico de decir demasiado y mostrar poco (y en el mostrar se juega la persuasión emocional que activa la política de la obra). Para peor, los fragmentos que sí logran vivificar la experiencia alienante (“En los transportes públicos, los trabajadores hacinados recorren largas distancias desde sus domicilios periféricos hasta los centros de producción para cumplir con la jornada laboral que los devuelve rendidos, esperando su redención en la pantalla”), se ven rodeados de explicaciones y perogrulladas posmo-académicas que enfrían su efecto sobrecogedor (“…el parque automotriz determina los espacios y los tránsitos” o, lo que es lo mismo, “…la circulación de mercancía determina los flujos y los ritmos”).

La sugerente propuesta de mapear las miserias santiaguinas mediante un recorrido empírico registrado visual y textualmente, se mal aprovecha en una escritura donde la ciudad se experimenta y visualiza poco; en realidad, en 80 días asistimos más bien a los enjuiciamientos y esquemas ideológicos a priori con que un cronista-paseante filtra su experiencia. Al lector se le entregan unos pocos materiales demasiado digeridos, saturados de glosas que le guían paternalistamente la interpretación y le dejan, por lo tanto, la sensación infantilizante de leer un panfleto, por definición carente de ambigüedad, reacio al extrañamiento y a la incitación reflexiva propia de la buena literatura.

*Imagen del Home fue extraída del sitio web www.80dias.cl.

Comenta desde Facebook

Comentarios