17eme Arrondissement, el barrio utópico

La obra se presentó durante cinco días y constaba de tres actos

La obra se presentó durante cinco días y constaba de tres actos

 

Por Nicolás Eyzaguirre, Director Artístico Centro Cultural y Festival Teatro Container

Junto con la compañía Générik Vapeur de Marsella, puerto hermano francés, nos planteamos el proyecto de construir una instalación viva, una villa de contenedores que abordara la idea de «barrio utópico». Un lugar llamado el Diecisieteavo Distrito, ya que formalmente en Marsella existen 16. Una aldea nómade, un pueblo con habitantes provenientes de diversos rincones del mundo, un lugar en movimiento, cuya organización respondiera a nuestras ideas sobre cómo vivir juntos.

Partimos 13 técnicos, actores y músicos chilenos apoyados por el fondo ventanilla abierta del CNCA, desde Valparaíso a Marsella. Al llegar a esa ciudad nos encontramos con una realidad muy diversa.  Muchos colores, olores, sabores, provenientes de distintos rincones del mundo confluían en las calles, generando encuentros, choques, sincretismo. Imagino que las calles de Valparaíso, en sus años de gloria portuaria debieron haber sido así, calles de una ciudad del mundo.

Durante tres semanas preparamos la adaptación de la obra «El Reloj Parlante», anteriormente presentada en Valparaíso en noviembre de 2011 y enero de 2012. Este trabajo consistió, en términos escenográficos, en la modificación estructural de  una decena de contenedores, la construcción de dispositivos para efectos teatrales y el rescate de material en diversos centros de acopio, ferias de pulgas y basureros de la ciudad, con el fin de crear una estética particular para este barrio que comenzábamos a construir.

Una estética que debía responder, tanto a nuestras ideas políticas, como a nuestros deseos artísticos, por lo tanto la reutilización de objetos usados era esencial. Paralelo a la preparación del espacio escénico, planificamos dinámicas de interacción entre actores y espectadores, entre los habitantes de este nuevo barrio. Diseñamos espacios propios de un barrio como una peluquería, un bazar, un correo, una oficina de administración pública, una biblioteca, un taller mecánico, entre otros.

"El Barrio 17"

«El Barrio 17»

Espacios reconocibles por cualquier persona pero con ciertos componentes que modificaban la relación común que uno tiene con estos lugares normalmente. La peluquería, por ejemplo, ofrecería un corte de pelo, pero al final del servicio, el usuario, en vez de pagar el corte, debería guardar su pelo cortado en un frasco de vidrio y escribir en una etiqueta lo que dejaba en ese pelo. La oficina de administración certificaría deseos, autorizaría sueños, elevaría las más excéntricas solicitudes que los habitantes demandaran, parodiando el absurdo juego del sistema burocrático. Cada espacio de esta villa propondría un juego incompleto en el que la participación de los espectadores sería indispensable para el desarrollo de la acción de la obra.

¿Pero cómo construir un barrio utópico? ¿Cómo desarrollar una obra dramática a partir de este concepto, si la utopía es una idea que aparentemente presenta el bienestar absoluto y el teatro nace a partir del conflicto, del desacuerdo entre lo que se desea y lo que la realidad nos ofrece? Pasamos largas jornadas discutiendo al respecto, creando situaciones que siempre terminaban con un «parece que eso no es utópico», llegando a un punto en el que nos sentíamos atrapados por nuestra propia propuesta, en el que parecía imposible ponerse de acuerdo. Entonces, de esa imposibilidad surgió nuestra propia idea de utopía, una que era comprensible y defendible por todo el equipo, que estaba constituido a esas alturas por artistas de Francia, Chile, Alemania y China. La utopía sería para nosotros la resistencia a la normalización. En nuestro barrio nunca habría una forma correcta de hacer la cosas, y  cada acción, cada espacio y cada diálogo que generáramos debería estar en constante transformación. De esa manera jugamos durante seis días este juego escénico llamado «el barrio utópico», entregados por completo al devenir, a vivir a la deriva, traspasando los límites de la representación, ya que más que una puesta en escena el «17eme Arrondissement» fue una puesta en vida.

El resultado fue alucinante, más de diez mil personas pasaron por la villa. Más de diez mil personas jugaron, bailaron, escribieron cartas, construyeron relaciones temporales que dieron vida a esa veintena de tarros de metal, transformando el espacio en un verdadero barrio, en un lugar para vivir como queremos vivir: juntos.

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